La vida de Juana I de Castilla en Tordesillas: así fueron los 46 años de encierro de la Reina

A lo largo de la historia, se pueden encontrar fechas clave que han marcado su devenir hacia uno u otro destino. El 6 de noviembre de 1479 es una de ellas. A simple vista, nadie sabría decir qué ocurrió ese día en España lo suficientemente importante como para destacar la efeméride, pero si decimos que en aquella jornada se produjo el nacimiento de la primera Reina de España, la visión cambia bastante. Ese mismo día, estando la Corte de los Reyes Católicos en la ciudad de Toledo, llegó al mundo la infanta Juana de Aragón, Castilla y Sicilia.

Casualmente, Juana de Trastámara nació en la legendaria capital del reino visigodo que se disolvió en el 711 con la invasión musulmana, una entidad política que llegó a extenderse geográficamente hasta los límites territoriales de la actual España. Hija de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, quienes habían unido dinásticamente sus respectivos reinos, Juana era la tercera en la línea de sucesión, pero los avatares del destino la situaron como heredera de sus padres. Con ello, se convirtió en la primera monarca de la historia que reunió bajo su corona la gobernación de todos estos territorios, germen de la configuración de la Monarquía Hispánica que desarrollaría su nieto, Felipe II.

Juana I de Castilla retratada cuando todavía era una infanta, por Juan de Flandes. Fuente: Museo de Historia del Arte de Viena

A pesar de la importancia del hecho histórico anterior, la biografía de la Reina Juana se ha ido diluyendo en el tiempo, como consecuencia de que el triste apellido de loca que se le impuso principalmente a partir del siglo XVIII a raíz de los escritos del Padre Flórez de Setién ha prevalecido frente a todo lo demás. Dejando a un lado los problemas psiquiátricos que puede que tuviera, hablando algunos autores de una posible esquizofrenia como la que sufrió su abuela Isabel de Portugal, Juana fue una Reina que se vio enfrentada a las vicisitudes del poder: no mostró excesivo interés por gobernar, pero apenas le dejaron ejercerlo.

La solución ante la disyuntiva anterior fue recluir a la Reina Juana en el Palacio Real de Tordesillas, como así decidió su padre en marzo de 1509 y como consintieron posteriormente sus hijos durante 46 años. Ahora que el mundo ha vivido lo que es estar confinado, fruto de la pandemia de la COVID19, conviene recordar la particular cuarentena que sufrió doña Juana, cuyo recuerdo se pasa por alto en muchos casos, hasta el punto que se une directamente en muchos manuales el reinado de los Reyes Católicos con el de Carlos V.

Juana I en Tordesillas

La Reina Juana I de Castilla enviudó el 25 de septiembre de 1506. Su esposo, que había sido proclamado Rey de Castilla en las Cortes de Valladolid unos meses antes, había fallecido repentinamente en la ciudad de Burgos. En su testamento, Felipe I de Castilla había dejado escrito que deseaba ser enterrado en Granada, donde yacía su suegra, Isabel I de Castilla. No obstante, su cuerpo se depositó temporalmente en la Cartuja de Miraflores, pero el 20 de diciembre de 1506 empezó su último viaje. Aquella noche, la Reina y su Corte emprendieron la travesía para cumplir la última voluntad del monarca fallecido.

Panorámica del Real Monasterio de Santa Clara de Tordesillas

Después de más de dos años de divagar por diversos puntos de la meseta, una historia de lo más interesante que daría para otro artículo, Fernando II de Aragón decidió, tras hacerse cargo definitivamente del gobierno de Castilla, recluir a su hija, que en ningún momento fue incapacitada nunca para reinar por las Cortes. Para ello, eligió el Palacio Real de Tordesillas, donde llegó la Reina propietaria en marzo de 1509. Esta residencia había sido construido por Enrique III en el siglo XIV y tuvieron que hacerse reformas para acoger a la Soberana y su séquito. Se situaba junto al Duero y fue demolido en el siglo XVIII, reinando Carlos III.

Las compañías de la Reina Juana

El féretro del Rey Felipe fue depositado en el altar mayor del Real Monasterio de Santa Clara, celebrando funerales recurrentemente por su alma, a los que en ocasiones acudía la Reina. Pese a lo que el Romanticismo extendió, doña Juana no convivía junto al cuerpo de su difunto esposo, como el pintor Francisco Pradilla hizo creer en su obra de principios de siglo XX “La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina”, el cual podemos contemplar en el Museo del Prado, ni tampoco tenía la posibilidad física ni material de contemplarlo desde alguna ventana del palacio, como en ocasiones también se ha dicho.

“La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina”. Fuente: Museo del Prado

Lo que sí está claro es que quienes servían y dirigían la casa de la Reina no dejaban de ser unos verdaderos carceleros, convirtiendo el Palacio Real de Tordesillas en una jaula de oro. Los Marqueses de Denia cumplieron su función con mucho rigor, dando un trato que, en algunos casos y tal y como ha llegado a nuestros días a través de las pocas misivas y cartas que se conservan, dejaba mucho que desear, rozando en algunos casos el maltrato. Cabe destacar también que controlaban por orden del príncipe Felipe, nieto de la Reina y futuro Felipe II, que cumpliera con sus obligaciones religiosas, a las que nunca dedicó demasiado tiempo.

Por otro lado, la Reina Juana estuvo acompañada de su hija Catalina desde su llegada a Tordesillas y hasta 1524. La infanta había nacido durante la travesía fúnebre el 14 de enero de 1507 en Torquemada (Palencia) y fue encerrada en el Palacio Real de la villa vallisoletana junto a su madre. Por su parte, el infante Fernando, que también vivía en España, se crió junto a su abuelo, el rey Fernando, quien llegó a ver en él a su sucesor, algo que nunca sucedió.

Retrato de Catalina de Austria como Reina de Portugal. Fuente: Museo del Prado

El emperador Carlos V, cuando vino a España a la muerte del rey Fernando para hacerse cargo de la gobernación de los reinos en nombre de su madre, lo primero que hizo fue a presentarle precisamente sus respetos. Venía acompañado de su hermana, la infanta Leonor, y juntos visitaron a la Reina Juana, conociendo también a su hermana, Catalina. En 1524, mostró por ella una compasión que no tuvo con su madre, liberándola de su cautiverio para casarla con Juan III de Portugal, convirtiéndose en Reina del país luso. Del este suceso es famosa la frase que parece que la Reina dirigió a su hijo: “No tienes bastante con quitarme mi trono y mis joyas, sino que también quieres llevarte a mi Catalina“.

Visitas a la Reina Juana

Como hemos comentado, nada más llegar a España en 1517, Carlos acudió a Tordesillas a visitar a su madre. Sin embargo, sus intenciones estaban orientadas a conseguir que la Soberana, nunca inhabilitada para gobernar, abdicase en su favor. No solo doña Juana no lo hizo, sino que a lo largo de toda su vida se refirió siempre a él como Príncipe y siguió encabezando los documentos al lado de su hijo, pues ella era la Reina propietaria de todos los reinos españoles gracias a la herencia de sus padres, los Reyes Católicos. Esto mismo explica que tuviera que esperar al fallecimiento de su madre para poder abdicar la Corona de Las Españas en favor de su hijo, Felipe II.

Retrato de la Reina Juana I de Castilla. Fuente: Museo Nacional de Escultura

Las visitas de la familia imperial fueron recurrentes, dándose sobre todo en el momento en el que se producían cambios políticos importantes, ya que doña Juana era la Reina propietaria y titular y, aunque trataban de ocultar su existencia de cara al pueblo, formalmente necesitaban su consentimiento para gobernar. Sin embargo, muchos de estos encuentros fueron interesados.

El inventario del joyero y el tesoro personal con el que llegó la Reina Juana a Tordesillas en marzo de 1509 en nada se parecía al de 1555, año en que falleció. Ya en 1512, su padre empezó una nefasta tradición que siguieron sus hijos, tomando joyas y dinero para su uso personal y político. El Emperador sufragó la Guerra de las Comunidades o la dote matrimonial de su hermana Catalina con la colección de joyas de su madre. La Emperatriz Isabel también participó de esta costumbre, pero sus fines estaban más orientadas a lo sentimental. En definitiva, solo conservó un cofre de joyas hasta días antes de su muerte, pero acabó siendo robado y vendido por sus carceleros.

Detalle del boceto de Eugenio Oliva para el fresco “Los comuneros visitando a doña Juana

En 1520, la Reina Juana y su hija Catalina tuvieron la oportunidad de escapar de su cautiverio. En pleno marco de los enfrentamientos de las Comunidades, los comuneros acudieron al Palacio Real de Tordesillas para visitar y conseguir el favor de la auténtica Reina para acabar con el gobierno de su hijo, Carlos. Sin embargo, ella no cedió. De nuevo, la Soberana volvía al mapa político, pero, como había ocurrido siempre, la quisieron utilizar para sus propios fines e intereses.

La única salida de Tordesillas

Si bien es cierto que la Reina Juana permaneció recluida durante 46 años en Tordesillas, hubo una ocasión en la que tuvo que salir de la villa como consecuencia de un brote de peste. Su hijo Carlos autorizó en 1533 la salida de su madre, que discurrió por varios pueblos cercanos, como Geria, Mojados o Tudela, hasta que en 1534 regresó a su jaula de oro. Lo más importante era buscar destinos que no fueran grandes ciudades, para que la Soberana no fuera aclamada. Buena parte de la sociedad del momento había olvidado su figura, y muchos incluso no sabían quién era esa monarca que vivía encerrada en Tordesillas.

El ocaso de la Reina

El 12 de abril de 1555, moría Juana I, Reina propietaria de Castilla, León, Galicia, Granada, Sevilla, Murcia, Jaén, Gibraltar, de las Islas Canarias y las Indias Occidentales, de Navarra, Aragón, Valencia, Mallorca, de Nápoles y Sicilia, Condesa de Barcelona y Señora de Vizcaya. Bajo su Corona, tuvo por primera vez la gobernación de todos los reinos que forman la actual España. Por ello, la Historia le debe su lugar, en vez de pasar por alto su reinado, y que se le pudiera reconocer como la primera Reina de España, en vez de como La Loca de nuestro pasado.

Sepulcro de la Reina Juana y el Rey Felipe en la Capilla Real de Granada. Fuente: Capilla Real de Granada

Doña Juana murió sola sin la compañía de su familia y muchos de sus súbditos ya la habían olvidado. Por fin su hijo Carlos era Rey de España sin compartir la Corona junto a ella, y así quiso demostrarlo en los funerales que organizó en Bruselas, en los que, por otra parte, no hizo ni acto de presencia. También su nieto Felipe organizó honras fúnebres en su honor en Londres, para legitimar la posición católica del reinado de su esposa, la Reina María Tudor. Hasta el fin de sus días, utilizada para sus intereses. Enterrada sin grandes honores en el Monasterio de Santa Clara de Tordesillas, en 1574 emprendió su viaje definitiva a Granada, donde permanece sepultada en la Capilla Real fundada por sus padres.

Pocos recuerdan a la Reina Juana I, cuyo trastorno psiquiátrico fue utilizado por los románticos para convertirla en un personaje de leyenda. Protagonista de cuadros, teatros o películas, merece su hueco en la realidad histórica, pues ella fue, es y será la primera Reina de Las Españas. Su biografía está marcada por esta larga reclusión a la que le sometieron sus familiares, un hecho que muchos pasan por alto y que a todos sorprenden cuando conocen cómo fueron los detalles de esta dura cuarentena que sufrió la Soberana. En las aguas del Duero a su paso por Tordesillas todavía resuenan los ecos y lamentos de este pasaje de nuestra historia. Eterna doña Juana, la Reina.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Aram, B. (2001). La reina Juana: gobierno, piedad y dinastía. Jákfalvi, S. (traducción). Madrid: Malcial Pons.

Flórez, E. (1790). Memorias de las Reynas Catholicas, historia genealógica de la Casa Real de Castilla y de León, todos los Infantes: trages de las Reynas en Estampas y nuevo aspecto de la Historia de España. Madrid: Oficina de la viuda de Marin. Recuperado de: http://bibliotecadigital.jcyl.es/es/consulta/registro.cmd?id=4560

Pérez, F., Sánchez, B. (2010). Apuntes biográficos sobre Juana la Loca en el Museo del Prado. En Zalama, M. A. (dir.), Juana I en Tordesillas: su mundo, su entorno (pp. 435-444). Valladolid: Ayuntamiento de Tordesillas [et al.]

Rodríguez Villa, A. (1892). La Reina Doña Juana La Loca: estudio histórico. Madrid: Librería M Murillo. Recuperado de: http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000092396

Zalama, M. A., Pascual Molina, J. F. (2015). Exequias por la reina Juana I en Londres: religión, política y arte. Potestas: Religión, poder y monarquía. Revista del Grupo Europeo de Investigación Histórica (8), pp. 149-174. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5239236

Zalama, M. A (2010). Juana I: arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica.

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