Los Toros de Guisando, espectadores de la paz entre Enrique IV de Castilla e Isabel La Católica en 1468

El siglo XV fue un período muy convulso en la Corona de Castilla, con multitud de guerras que regaron de sangre los campos y empobrecieron a sus diferentes reinos. Seis centurias después, todavía se puede percibir en el ambiente las consecuencias bélicas de aquellos momentos, tanto los de los propios conflictos como los gestos de paz. Uno de los más conocidos de todos es el Tratado de los Toros de Guisando, que fue escenificado el 19 de septiembre de 1468 entre Enrique IV de Castilla y la futura reina Isabel La Católica, cuando el monarca reconoció a su hermana como su heredera, en detrimento de su hija, Juana de Trastámara y Avis.

Los enfrentamientos que motivaron la paz

El 28 de febrero de 1462, la reina Juana de Avis dio a luz en el Alcázar de Madrid a una niña a la que se puso su propio nombre. Tras recibir las aguas del bautismo, Enrique IV se apresuró a la convocatoria de Cortes para que su hija fuese jurada como Princesa de Asturias, título que correspondía al heredero de la corona castellana. Nada hacía presagiar que Juan Pacheco, marqués de Villena y antiguo privado del rey, levantase un poder notarial en el que aseguraba la nulidad de su juramento, al no reconocer a Juana como heredera a la Corona, considerándola hija de la reina, no así del rey.

Juana de Trastámara y Avis, más conocida como “La Beltraneja”. Fuente: Wikimedia

Al mismo tiempo, Enrique IV colmó de mercedes al mayordomo mayor de palacio, Beltrán de la Cueva, nombrándole Conde de Ledesma, señor de Cuéllar, propiedad de la infanta Isabel por testamento de su padre, y prometiéndole el Maestrazgo de la Orden de Santiago, en poder de su hermano pequeño, el infante Alfonso, también vía testamento paterno. Voces de la época insinuaban que el rey pagaba a Beltrán por algún secreto favor relacionado con la paternidad de su hija, a la que rápidamente se le apodó como “la Beltraneja”.

Todos estos hechos tuvieron como consecuencia que una liga de nobles se reunieran en Burgos en verano de 1464, emitiendo un manifiesto el 28 de septiembre en el que afirmaban que la princesa Juana era hija de la reina, pero no del rey, solicitando también la convocatoria de Cortes para jurar como heredero al trono al infante Alfonso. Enrique IV, lejos de guerrear, decide entrar en negociaciones de diálogo con los rebeldes, quienes piden la custodia del infante, entregándoselo en otoño. Isabel y Alfonso quedan separados. A cambio, el rey pone la condición de que Alfonso se case con Juana, recayendo sobre el infante la condición de rey propietario en el futuro.

Sepulcro del infante Alfonso de Castilla en la Cartuja de Miraflores. Fuente: Wikimedia

La nobleza sublevada concentró sus fuerzas en torno a Ávila, donde dieron el siguiente paso. Al pie del cimborrio de su catedral el infante Alfonso, a sus once años, fue alzado rey de Castilla en un acto que ha pasado a la historia como “Farsa de Ávila”. El primer documento que firmó como monarca fue una carta en la que declaraba que Enrique IV se había servido de la colaboración de Beltrán de la Cueva para, usando de la reina su voluntad, conseguir el nacimiento de Juana. A comienzos de 1468 Castilla tenía dos monarcas.

De la guerra a la paz

Tras cambiar de bando Toledo en junio de 1468, el infante Alfonso abandona Arévalo con ansias de recuperar la ciudad pero, en el camino, fallece el 5 de julio en Cardeñosa. Mientras agonizaba, su hermana Isabel mandaba una carta a las ciudades el día antes del fallecimiento para avisarles que ella sería la sucesora. Sin embargo, Isabel no se intituló como reina tras la muerte de Alfonso. La infanta trató de instalarse en una postura de legitimidad de origen que en Catilla dependía del nacimiento y de la aceptación por parte del reino. La joven juraba obediencia a su hermano, el rey Enrique, de quien esperaba el reconocimiento de que era ella la heredera de Castilla y no “la hija de la reina”. El rey aceptó entrar en la negociación propuesta por su hermana.

Retrato de la reina Isabel I de Castilla. Fuente: Patrimonio Nacional

Se llega entonces, en septiembre de 1468, a los acuerdos de Cadalso/Cebreros, localidades abulenses donde se firmó el documento que reconocía a Isabel como princesa heredera de Castilla, entre otros asuntos, y que erróneamente ha pasado a la historia como Tratado de los Toros de Guisando, pero, como recogen varios historiadores, entre ellos Luis Suárez, en la explanada de los milenarios verracos se realizaron actos, no se firmaron papeles, el 19 de septiembre de 1468.

Aunque a lo largo de la historia reciente se ha especulado sobre la validez legal de las pretensiones al trono de Castilla de Isabel La Católica, la infanta sí contaba con apoyo jurídico. La nulidad del primer matrimonio de Enrique IV no fue confirmada por la Santa Sede de Roma y, por consiguiente, tampoco hubo nunca una dispensa matrimonial para las segundas nupcias con Juana de Avis. De este modo, Juana era hija ilegítima del rey desde un punto de vista sucesorio, fuese o no suya biológicamente.

Toros de Guisando

Isabel comenzó a ganar adeptos en el norte, concretamente en su principado, Asturias, y en la provincia de Guipúzcoa. El interés que surgía por la joven princesa preocupaba al marqués de Villena, decidido a romper los acuerdos: no fue jurada en Cortes como princesa y se le forzó a casar con el rey Alfonso de Portugal primero y luego con el duque de Guyena, hermano del rey francés. Sin embargo, ella misma optó, sin consultar a su hermano Enrique, como así se disponía en los acuerdos firmados, casarse con el príncipe Fernando de Aragón, como así hizo en Valladolid en octubre de 1469. Este gesto motivó la ruptura del acuerdo por parte del rey de Castilla, a cuya muerte una sangrenta Guerra de Sucesión enfrentaría a su hermana y su hija por el trono.

Toda esta historia se esconde detrás de los Toros de Guisando. Este conjunto escultórico, datado de la Edad del Hierro (siglos I-II a.C.), representa cuatro tallas de verracos esculpidas en granito por los vetones. Aunque se desconoce su función, sí se sabe que ante ellos tuvo lugar, en 1468, el acto por el cual Enrique IV reconoció a su hermana Isabel como heredera de Castilla. Su visita te hará sentir un verdadero #turistaenmipaís.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

DÍAZ VILLANUEVA, F. (2007). Isabel la Católica. Madrid: Edimat Libros.

FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M. (2006). Isabel la Católica. Madrid: Espasa.

SUÁREZ, L. (2004). Isabel I, Reina. Barcelona: Ediciones Folio/Biblioteca ABC.

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