La Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor, momento cumbre de la Semana Santa de Valladolid

El arte sacro es una de las producciones artísticas de mayor impacto en España. En lo que a escultura se refiere, diversos imagineros se han servido de su gubia a lo largo de los siglos para dar forma a algunos de los pasajes más importantes de la vida de Cristo. Despertando la admiración del pueblo, fueron reclamados por cofradías y hermandades penitenciales para que reflejasen en sus obras la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Hoy en día, esta herencia cultural la podemos contemplar en museos e iglesias repartidos por todo el país. Sin embargo, hay ciudades que destacan especialmente por conservar un gran número de estas joyas artísticas, como así ocurre en Valladolid.

La ciudad del Pisuerga atesora la colección de esculturas en madera policromada más importante del mundo. Juan de Juni, Gregorio Fernández, Pedro de Ávila, Francisco del Rincón o José de Rozas son algunos de los nombres que van íntimamente ligados a la Escuela Castellana y, especialmente, a la Pasión vallisoletana. Con sus manos dieron forma a la madera, convirtiéndola en obras de arte que acabaron siendo imágenes de fervor y devoción popular, cobrando auténtica vida con el embrujo de la primera Luna llena de primavera en su discurrir silencioso y solemne por las calles de Valladolid. Ese mágico momento todavía hoy se sigue sucediendo, especialmente la tarde de Viernes Santo, donde una única procesión congrega a 33 pasos que abarcan del siglo XVI al XXI, alumbrados por las 20 cofradías penitenciales existentes en la ciudad. Descubre a continuación la historia y configuración de la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor.

La identidad de la Semana Santa de Valladolid

Cuando hablamos de la Semana Santa en España, es imposible no pensar en las multitudinarias y exuberantes procesiones de las ciudades andaluzas, que contrastan con el recogimiento y el silencio propio de los desfiles procesionales del tercio norte de España. En este último grupo, destaca especialmente Valladolid, cuyas procesiones tienen diversas características que las convierten en únicas respecto de todas las demás que podamos contemplar a lo largo y ancho del país.

«Monumento al cofrade», homenaje a la Semana Santa de Valladolid junto a la Iglesia de la Antigua

Históricamente, la ciudad del Pisuerga siempre ha destacado por su tradición cofrade, contando todavía con agrupaciones cuyo origen se remonta a los siglos XV-XVI. Tal es el caso de la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz, cuya existencia ya se documentaba en 1498, siendo la más antigua de Valladolid. Actualmente, 20 cofradías penitenciales organizan la Semana Santa vallisoletana, muchas de ellas fundadas también a lo largo del siglo XX, cuando se ha llevado a cabo progresivamente la reorganización de sus procesiones, actos y desfiles, un proceso que continúa en la actualidad, introduciendo cada año cambios y novedades, pero que no provocan la pérdida de sus señas de identidad, ganándose la atención de devotos, turistas y visitantes.

La principal característica de la Semana Santa de Valladolid es palpable a la hora de contemplar sus pasos, que reciben este nombre en contraposición del término «trono» que se utiliza en otras partes de España, como en Málaga. En ellos se sitúan imágenes de bulto redondo, realizadas en madera policromada, que no se visten con ropajes u otros completemos textiles, mostrando la talla al completo. Esto no implica, sin embargo, que no veamos en la Semana Santa vallisoletana representaciones de candelero y de vestir, como Nuestra Señora de la Soledad de la Orden Franciscana Seglar, del siglo XVII, pero verdaderamente son excepciones muy puntuales.

«La Quinta Angustia», obra de Gregorio Fernández (1625) que procesiona la Cofradía de la Piedad

Otra de las características de la Semana Santa de Valladolid la encontramos en que las diversas cofradías representan con sus imágenes la totalidad de los pasajes de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, abarcando desde la Entrada Triunfal en Jerusalén, pasando por la Oración del Huerto, el Calvario o la Soledad de la Virgen, hasta la propia Resurrección. En definitiva, la escultura sirve de verdadero catecismo, algo que se observa a la perfección con la Cofradía de las Siete Palabras, que procesiona siete pasos de crucificados cuya finalidad es representar con cada uno de ellos las siete últimas palabras que Cristo pronunció en la crucifixión.

Cristo de las Mercedes, de Pompeo Leoni (ca. 1550-1600), de la Cofradía de las Siete Palabras

La representación de todos los pasajes de la Pasión distingue a Valladolid de otras ciudades del país, especialmente andaluzas, donde la tradición responde a que cada hermandad saque a la calle una imagen de Cristo y, detrás de la misma, una de la Virgen en actitud Dolorosa o de Soledad. Además, estas últimas tallas marianas suelen estar en un paso o trono bajo palio, mientras que en Valladolid hay ausencia total de este característico dosel, no existiendo, hasta el momento, ninguna Cofradía que procesione una Virgen de esa forma.

«Camino del Calvario», de Gregorio Fernández (1614), expuesta en el Museo Nacional de Escultura y que procesiona el Viernes Santo. Fuente: Museo Nacional de Escultura

Otra de las señas de identidad de la Semana Santa de Valladolid la encontramos en la forma de procesionar sus pasos. Aunque en los últimos años varias cofradías están retomando la tradición de portarlos en andas, todavía se mantiene la modalidad de transportarlos también con ruedas, principalmente aquellos que participan en la Procesión General de la tarde de Viernes Santo. Finalmente, cabe señalar que Valladolid puede presumir de que anualmente el Ministerio de Cultura cede varias tallas del Museo Nacional de Escultura para que las alumbren sus cofradías, que abandonan por unas horas sus vitrinas para desfilar por las calles y cumplir con la función para la que fueron creadas. En relación con lo anterior, señalar que estos pasos siempre procesionan en ruedas por motivos de seguridad.

De la Procesión del Santo Entierro a la General

A pesar de que la actividad de las cofradías penitenciales de Valladolid se remontaba a los siglos XV-XVI, las procesiones entraron en un período de decadencia a lo largo del XVIII. Las valiosas y exquisitas imágenes salidas de la gubia de los grandes imagineros de la Escuela Castellana permanecían en los altares de sus iglesias y capillas a lo largo de todo el año, pero también en muchas ocasiones durante los días de Semana Santa. Sin embargo, el recuerdo del esplendor de la Pasión vallisoletana fue transmitiéndose de generación en generación y nunca se olvidó, anhelando tanto los cofrades como la población en general que un día se recuperase, como así acabó sucediendo a partir de 1810.

La Plaza de San Pablo a mediados del siglo XIX, pintada por Valentín Carderera. Fuente: Mis Museos

Durante la ocupación francesa de España, el General Kellerman tenía encomendado el gobierno sobre Valladolid, Palencia, León, Toro y Zamora, estando establecido en el Palacio Real de la ciudad del Pisuerga. Hasta él llegaron los ecos del pasado, de la solemnidad y grandeza de la Semana Santa vallisoletana que tenía por protagonista a las joyas del arte de madera policromada. Para ello, y apoyándose en José Timoteo, que no solo era comisario de policía, sino que también formaba parte de varias cofradías penitenciales, ordenó que se procediera a reorganizar los desfiles procesionales, centrándose en el Viernes Santo. Aquella decisión marcaría un antes y un después en la historia de la Pasión de Valladolid.

El 21 de abril de 1810, a las 18h00, se reunieron las 5 cofradías históricas de Valladolid en la Iglesia Penitencial de las Angustias, dando comienzo a la Procesión del Santo Entierro. Se trata del antecedente directo de la actual Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor que se celebra también cada Viernes Santo. En aquel extraordinario desfile, que también atravesó la Plaza Mayor como ocurre en la actualidad, las cofradías de la Piedad, Jesús, Pasión, Vera Cruz y Angustias alumbraron los siguientes 8 pasos: Oración del Huerto, Atado a la Columna, Ecce Homo o Cristo del Gallo, Jesús Nazareno, Cristo crucificado, Descendimiento, Cristo Yacente y Virgen de los Cuchillos o de las Angustias.

Gregorio Fernández talló el conjunto del Descendimiento en 1623 para la Cofradía de la Vera Cruz

Un año después, la Procesión de Santo Entierro volvió a repetirse, pero pronto comenzó a difuminarse de nuevo, alternándose con las procesiones de Regla de las cofradías. El punto de inflexión definitivo llegó en 1922, de la mano del Arzobispo Remigio Gandásegui. Aquel año no salió a causa de la lluvia, estrenándose al siguiente, cuando se organizó la gran Procesión General de Viernes Santo, pilar fundamental de la reformada Semana Santa de Valladolid, que recuperó su majestuosidad, mantenida hasta la actualidad. De hecho, la Pasión vallisoletana está declarada de Interés Turístico Internacional y fue la primera Semana Santa de España que alcanzó esta importante distinción.

A lo largo del siglo XX, y sobre todo tras finalizar la Guerra Civil, se terminó de configurar la procesión de Viernes Santo, añadiendo nuevas cofradías que fueron surgiendo de forma paulatina, alumbrando históricos pasos o dando lugar a la ejecución de otros nuevos, pero tratando de priorizar lo primero. En 1946, adoptó su actual denominación: Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor.

La Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor en la actualidad

Desde su origen en 1810, atravesando por su posterior refundación en 1922, la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor ha ido incorporando sucesivamente pasos y cofradías, hasta consagrarse hoy en día como uno de los desfiles procesionales más importantes de España. Sin duda, es un acontecimiento imprescindible para los amantes del arte sacro y la Semana Santa, al congregar a 20 cofradías que alumbran un total de 33 imágenes y conjuntos escultóricos, recorriendo la Pasión y Muerte de Cristo al completo.

Itinerario de la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor de Valladolid

Al igual que ocurrió en la procesión de 1810, la actual Procesión General de Viernes Santo de Valladolid también comienza en la Iglesia Penitencial de Las Angustias, frente al Teatro Calderón. Allí empiezan a desfilar los 33 pasos, abriendo el cortejo la cruz y ciriales de la Catedral Metropolitana. Todas las cofradías portan sus imágenes a ruedas durante esta procesión y se dirigen hacia la Plaza Mayor, donde se producen las estampas más sobrecogedoras. También la Calle Santiago o Miguel Íscar son puntos donde poder contemplar al completo el cortejo procesional.

La Virgen de las Angustias, obra magna de Juan de Juni (ca. 1561), cierra la procesión. Fuente: Javier Balandrón

Aunque la carrera oficial de la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor finaliza en Cánovas del Castillo, verdaderamente se da por concluida cuando, al regresar Nuestra Señora de las Angustias a su Iglesia Penitencial, se canta la Salve Popular ante la imagen. Esta Virgen, que cierra la procesión al representar la soledad de María, es la que más devoción despierta entre los vallisoletanos, lo que hace que se le conozca como Señora de Valladolid. Además de eso, es una de las tallas más antiguas de las que procesionan en Semana Santa, siendo ejecutada por Juan de Juni en torno a 1561, inspirándose en el sufrimiento de su hija enferma para esculpirla. Sin duda, todo un tesoro del arte renacentista.

Cofraías y pasos de la Procesión General

La Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor es un verdadero museo al aire libre en el que las 20 cofradías penitenciales de Valladolid exhiben las más valiosas tallas de madera policromada de todo el orbe cristiano. Además, es la procesión más pura y vallisoletana de cuantas suceden a lo largo de la Semana Santa en la ciudad, al reunir todas las señas de identidad que previamente hemos comentado: todas las esculturas son de bulto redondo, las imágenes van en pasos de ruedas y predomina el más absoluto recogimiento para remarcar el luto por la muerte de Cristo, destacando que, por ejemplo, las imágenes de la Virgen son desposeídas en algunos casos de sus coronas y enseres de realeza para enfatizar su dolor y soledad.

La Dolorosa de la Vera Cruz, durante la Procesión General a su paso por la Plaza Mayor. Fuente: Gabriel Villamil

A continuación, recogemos los 33 pasos que participan en la Procesión General de Viernes Santo de Valladolid, ordenados en función de la cofradía que los alumbra, para que así puedas identificarlos mientras los contemplas en vivo y en directo.

1. Cofradía Penitencial y Sacramental de la Sagrada Cena

  • Jesús de la Esperanza (Juan Guraya, 1946)
  • La Sagrada Cena (Juan Guraya, 1946)
La Cofradía de la Sagrada Cena es la primera en desfilar en la Procesión General

2. Cofradía Penitencial de la Oración del Huerto y San Pascual Bailón

  • La Oración del Huerto (Andrés Solanes, 1629)
  • El Prendimiento (Miguel Ángel Tapia, 1995-2011)

3. Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Resucitado y María Santísima de la Alegría

  • Las Lágrimas de San Pedro (Pedro de Ávila, 1720)

4. Hermandad Penitencial de Nuestro Padre Jesús atado la columna

  • Preparativos para la flagelación (José Antonio Hernández, 2004)
  • La flagelación del Señor (Escuela Castellana, ca. 1650, cedido por el Museo Nacional de Escultura)
  • El Señor atado a la columna (Gregorio Fernández, 1619)
El Señor atado a la columna, de Gregorio Fernández, puede ser visitado durante el año en la Iglesia de la Vera Cruz

5. Hermandad del Santo Cristo de los Artilleros

  • Ecce Homo (Gregorio Fernández, 1620)

6. Insigne Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Nazareno

  • Nuestro Padre Jesús Nazareno (Escuela Castellana, ca. 1662)
Nuestro Padre Jesús Nazareno es una de las imágenes cristíferas que más devoción despiertan en Valladolid

7. Real Cofradía Penitencial del Santísimo Cristo del Despojo, Cristo Camino del Calvario y Nuestra Señora de la Amargura

  • Camino del Calvario (Gregorio Fernández, 1614, conjunto cedido por el Museo Nacional de Escultura)
  • Preparativos para la crucifixión (Juan de Ávila, 1679, conjunto cedido por el Museo Nacional de Escultura)
  • Santísimo Cristo del Despojo (José Antonio Hernández, 1993)

8. Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo

  • Cristo del Perdón (Bernardo del Rincón, 1656)

9. Cofradía de la Exaltación de la Santa Cruz y Nuestra Señora de los Dolores

  • La Elevación de la Cruz (Francisco del Rincón, 1604, conjunto cedido por el Museo Nacional de Escultura)
La Elevación de la Cruz es uno de los pasos cedidos por el Museo Nacional de Escultura para la procesión

10. Cofradía de las Siete Palabras

  • Padre, perdónales porque no saben lo que hacen – Cristo de los Trabajos (Gregorio Fernández, 1610, y Andrés Solanes, ca. 1629, conjunto cedido por el Museo Nacional de Escultura)
  • Hoy estarás conmigo en el Paraíso – Cristo de las Batallas (Francisco del Rincón, ca. 1606)
  • Madre, ahí tienes a tu hijo – Cristo de Zaratán (Gregorio Fernández, ca. 1607-1621).
  • Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado) – Crucificado (Escuela Castellana, ca. 1525-1550, cedido por el Museo Nacional de Escultura)
  • Sed tengo (Gregorio Fernández, ca. 1612, conjunto cedido por el Museo Nacional de Escultura)
  • Todo está consumado – Cristo de la Dolorosa de Bercero (Escuela Castellana, siglo XVII)
  • En tus manos encomiendo mi espíritu – Cristo de las Mercedes (Pompeo Leoni, ca. 1550-1600)

11. Hermandad Universitaria del Santo Cristo de la Luz

  • Santo Cristo de la Luz (Gregorio Fernández, ca. 1630)
El Cristo de la Luz es conocido como «La perla de Gregorio Fernández», al ser una de las obras más sublimes del escultor

12. Real y Venerable Cofradía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

  • Santísimo Cristo de la Preciosísima Sangre (Lázaro Gumiel, 1953)

13. Cofradía del Discípulo Amado y Jesús de Medinaceli

  • San Juan Evangelista (Pedro de Ávila, siglo XVIII, cedido por la Catedral de Valladolid)

14. Cofradía del Descendimiento y Santísimo Cristo de la Buena Muerte

  • El Descendimiento (el conjunto es de Gregorio Fernández, 1623, salvo la Virgen, que es obra de Pedro Sedano, 1757, copia de la original de Fernández)

15. Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz

  • Madre Dolorosa de la Vera Cruz (Gregorio Fernández, 1623)

16. Muy Ilustre Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de la Piedad

  • Cristo de la Cruz a María (Antonio de Ribera y Francisco Fermín, ca. 1642, conjunto cedido por el Museo Nacional de Escultura)
  • La Quinta Angustia (Gregorio Fernández, ca. 1625)

17. Cofradía de la Orden Franciscana Seglar (VOT)

  • La Santa Cruz Desnuda (Francisco Fernández León, 1993)
La Santa Cruz Desnuda es uno de los pasos que conforman la Procesión General. Fuente: Gabriel Villamil

18. Cofradía del Santo Entierro

  • Cristo Yacente (Taller de Gregorio Fernández, ca. 1631-1636)

19. Cofradía del Santo Sepulcro y Santísimo Cristo del Consuelo

  • Santo Sepulcro o Los Durmientes (Alonso de Rozas, ca. 1674, José de Rozas, ca. 1696, y Juan de Ávila, ca. 1699, conjunto cedido por el Museo Nacional de Escultura)

20. Ilustre Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias

  • Nuestra Señora de las Angustias (Juan de Juni, ca. 1561)
Las Angustias, último paso de la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor. Fuente: Gabriel Villamil

La vida cultural de Valladolid no se entendería sin su Semana Santa. La grandeza de sus conjuntos procesionales, labrados por los más sublimes maestros de la Escuela Castellana, se magnifica con los demás elementos que la caracterizan. Esta festividad vive su momento cumbre el Viernes Santo, con la impresionante Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor tan seguida y admirada por locales, visitantes y devotos. Sin embargo, desde 2014 Valladolid también desea ganarse el corazón de la UNESCO y la declaración de Patrimonio Mundial. Mientras espera ver cumplido su sueño, la Pasión vallisoletana continuará haciéndonos sentir unos auténticos #turistaenmipaís, especialmente su Procesión General.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

AGAPITO Y REVILLA, J. (2007). Las cofradías, las procesiones y los pasos de Semana Santa en Valladolid. Editorial Maxtor: Valladolid.

GAVILÁN DOMÍNGUEZ, E. (2005). El hechizo de la Semana Santa. Sobre el lado teatral de las procesiones de Valladolid. Trama y fondo: revista de cultura, 7-30. Recuperado de: https://uvadoc.uva.es/bitstream/handle/10324/42983/ElHechizoDeLaSemanaSanta.pdf?sequence=1

HERNÁNDEZ REDONDO, J. I. (2016). La escultura procesional vallisoletana y su influencia en Castilla y León. En Vidal Barnabé I., Castreño Donoso A. (coords.), Arte y Semana Santa, pp. 119-144. Hermandad del Cristo: Alicante.

De Granada, Yuste y Valladolid a El Escorial: el traslado de los cuerpos reales al Monasterio de San Lorenzo en 1574

Felipe II es uno de los reyes españoles que más meditó las diferentes decisiones que tuvo que tomar a lo largo de su reinado. No es de extrañar, por tanto, que haya pasado a la historia conocido como el Rey Prudente. Sin embargo, el monarca que cerró el período de los Austrias Mayores no solo reflexionaba las grandes cuestiones de Estado, sino también las que formaban parte de su esfera privada, personal y familiar. Uno de los ejemplos más sorprendentes lo encontramos precisamente con la reunión fúnebre familiar que organizó en 1574 en el Monasterio de El Escorial, que en aquel momento aún estaba en proceso de construcción.

A través de diversas cartas e instrucciones que afortunadamente han llegado hasta nuestros días, Felipe II planificó durante meses el traslado de los restos mortales de sus familiares para darles sepultura definitiva en su panteón de El Escorial. Desde cómo debían ser las honras fúnebres hasta la posición protocolaria de cada participante, midió hasta el último detalle. Y es que mientras que su padre había muerto y sido enterrado en el Monasterio de Yuste, su madre descansaba en la Capilla Real de Granada y los cuerpos de sus tías estaban repartidos por diversos puntos de Las Españas. Por ello, al avanzar la construcción del portentoso monasterio de la Sierra de Guadarrama, el Rey Prudente decidió que había llegado la hora de reunir para la eternidad a su familia.

El Escorial, arte fúnebre al servicio del poder real

La construcción del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial no solo fue el capricho personal de Felipe II, su Rey fundador, sino también un instrumento más que se puso al servicio del poder de la Corona española. Desde un punto de vista político, este portentoso monumento, considerado por muchos como la Octava Maravilla del Mundo, nos recuerda para la eternidad la rotunda victoria del ejército de Las Españas sobre las tropas francesas el 10 de febrero de 1557 en la Batalla de San Quintín. Con esta victoria, Felipe II dio paso a su recién estrenado reinado por todo lo alto, pero El Escorial es mucho más que la conmemoración de este logro militar.

Detalle del fresco del «Triunfo de la Monarquía Hispánica» en la escalera principal del Monasterio de El Escorial

Desde un punto de vista simbólico, El Escorial es la culminación de la Monarquía Hispánica, tanto material como espiritualmente. Después de siglos en el que los diferentes reinos que componían Las Españas desde los albores de la Edad Media habían ido construyendo sus propias criptas reales, Felipe II cogió el testigo de las últimas voluntades de su padre, el Emperador Carlos V, y proyectó el destino definitivo y para la eternidad de la realeza española. No solo fundaba un panteón, sino que reflejaba con él el poder y la unión de la nueva Corona española; en definitiva, el arte funerario se puso al servicio de la centralización de los reinos españoles.

En un primer momento, se había pensado utilizar la Catedral de Granada como panteón para los Austrias españoles, algo que se puede apreciar al contemplar la forma del altar mayor del templo. De hecho, conforme los familiares de Carlos I iban falleciendo, como su esposa Isabel, sus cuerpos eran traslados a la Capilla Real funeraria construida por los Reyes Católicos. Sin embargo, pronto el Emperador se percató que unir su eternidad a la de sus abuelos, que habían designado Granada como lugar de enterramiento por la trascendencia que tuvo para su reinado, significaría estar siempre a la sombra de los Trastámara. Por tanto, necesitaban encontrar un lugar para perpetuar por los siglos de los siglos a la nueva dinastía de la naciente Corona de Las Españas, y ese lugar fue El Escorial de Felipe II.

Panteón de Reyes de El Escorial. Fuente: Patrimonio Nacional

El Panteón Real de El Escorial, tal y como lo contemplamos en la actualidad, no es el mismo que se diseñó en tiempos de Felipe II. La primitiva cripta sepulcral estaba situada en una bóveda debajo del altar mayor de la Basílica. Este espacio hoy en día permanece cerrado y sin la utilidad que en su momento tuvo. Reinando Felipe III se decidió dar forma al actual panteón barroco que conocemos, finalizado en tiempos de Felipe IV. 26 nichos con sus respectivos sarcófagos de mármol contienen los restos de casi todos los monarcas de España desde Carlos I hasta los Condes de Barcelona, Juan de Borbón y María de las Mercedes, del siglo XVI al XXI. Con ellos, el panteón se completó. ¿Qué pasará en el futuro? El tiempo nos lo dirá.

El traslado de los cuerpos reales en 1574

Para Felipe II, El Escorial no solo tenía que ser un monasterio, sino la Jerusalén terrenal. Restos de santos y beatos poblaron las estancias del cenobio para tratar de acercarle al mismísimo Dios, pero las mayores reliquias que atesoró el Rey Prudente fueron las de sus familiares difuntos. Un emperador, reinas, príncipes o infantes compartían la sangre azul que corría por sus venas y que les permitía, por la gracia del Altísimo, sentarse en tronos y ceñirse coronas para regir los reinos terrenales. Reuniendo a su estirpe, dispersa por los diferentes e históricos reinos españoles, Felipe II legitimaba y consolidaba el derecho de los Austrias para gobernar Las Españas.

Panorámica del Monasterio de El Escorial. Fuente: Turismo Madrid

Las obras del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial comenzaron en 1562. Seis años más tarde, su fundador barajó ya la intención de llevar a cabo el traslado de los cuerpos reales de parte de sus difuntos familiares al cenobio, todavía en pleno período de construcción. Desde Granada, debían ser trasladados los cuerpos de su madre, la Emperatriz Isabel, su primera esposa, la Princesa María Manuela de Portugal, y sus dos hermanos, los infantes Fernando y Juan, muertos prematuramente; desde Mérida, el cuerpo de su tía Leonor, quien fue Reina de Francia; desde Yuste, los restos de su padre, el Emperador Carlos V; procedentes de Madrid, los cuerpos de su tercera esposa, Isabel de Valois, y de su primogénito, el Príncipe Carlos; desde Valladolid, los de su tía, la Reina María de Hungría, y desde Tordesillas los de su abuela, la Reina Juana I de Castilla, que proseguirían hasta Granada.

Situación de los cuerpos reales de la familia de Felipe II

Sin embargo, dicho deseo de reunir los restos mortales de sus familiares en El Escorial se demoró y no llegó a materializarse hasta 1573-1574. Para el Rey Prudente, que se había enfrentado a enemigos en guerras y a numerosas disputas internacionales, esta operación fue, sin embargo, una de las más complicadas de toda su vida. «Deseo mucho ver acabado este negocio, porque en mi vida traté negocio tan pesado ni trabajoso como este, por ser tan ajeno de todos los otros«, reconocía el propio monarca en una carta fechada el 21 de enero de 1574 conservada en el archivo de la Real Chancillería de Valladolid.

Un ceremonial fúnebre para la posteridad

Felipe II se encargó personalmente de preparar y dictar el protocolo que debía seguirse tanto en los traslados de los cuerpos reales a El Escorial, como el recibimiento que debía darse a los mismos al llegar al monasterio que en aquel entonces aún estaba en proceso de ser construido. Para ello, solicitó a la Real Chancillería de Granada los antecedentes sobre el ceremonial que se había seguido en el traslado de los restos de sus bisabuelos, los Reyes Católicos, o su madre, la Emperatriz Isabel, a la Capilla Real de la ciudad.

«Entierro de Isabel La Católica», de Salvador Viniegra. Fuente: Alcázar de Segovia

Con toda la información que recabó, el Rey Felipe elaboró las instrucciones para proceder a los traslados. Enviaba carta al prior del Monasterio de San Lorenzo, así como a las autoridades civiles y eclesiásticas de las ciudades desde donde debían partir los cortejos fúnebres. Gracias a todas ellas, sabemos que indicó minuciosamente la forma en que debían trasladarse los féretros, las personas que debían acompañarlos, el orden de las mismas, el número de pajes y demás personal que debía acompañarlas y, por ser preciso, hasta la cantidad de hachas de cera que debían emplear. Además, todo este protocolo establecido por el Rey Prudente sirvió de base para los grandes ceremoniales fúnebres de la Corona española en los siglos venideros.

Cuando el cortejo fúnebre llegaba a El Escorial, debía dirigirse a la Lonja del monasterio, delante de la puerta de la cocina. Allí, se debía haber levantado un estrado, donde eran recibidos con honores, como si de auténticas reliquias se tratase. Tras ello, se llevarían a la Iglesia Vieja o de Prestado; como curiosidad, este espacio había servido en un primer momento como dormitorio del Rey y se había habilitado como iglesia del monasterio en tanto en cuanto finalizaban las obras de la Basílica. En ella, se les rezaban misas y responsos durante días, antes del traslado a la cripta sepulcral situada debajo del altar de la dicha iglesia vieja.

Iglesia Vieja o de Prestado del Monasterio de El Escorial. Fuente: Patrimonio Nacional

Sin embargo, la estancia en la cripta de la Iglesia de Prestado era provisional, en tanto finalizaban las obras de la Basílica. Debajo del altar mayor de la misma, se había establecido el panteón familiar de Felipe II, de tal forma que el Emperador Carlos V descansaría exactamente debajo de donde el sacerdote decía misa, como él mismo había dispuesto en testamento. A este espacio se trasladaron el 18 de octubre de 1587. Sin embargo, no sería el definitivo. Reinando Felipe IV se inauguró el Panteón de Reyes de estilo barroco que había mandado establecer Felipe III en una capilla octogonal situada todavía más en las profundidades, desplazada respecto del altar. Allí se trasladaron los cuerpos de la familia del Rey Prudente en 1654, siendo, ya sí que sí, un traslado definitivo, ya que es donde permanecen en la actualidad.

Traslado de Isabel de Valois y el Príncipe Carlos

Antes de producirse los grandes traslados de 1574 a los que hemos hecho referencia a lo largo de todo el artículo, Felipe II parece que llevó a cabo un pequeño ensayo con la traslación de los cuerpos de su tercera esposa, la Reina Isabel de Valois, y su primogénito, el Príncipe Carlos. Ambos yacían en Madrid; mientras que ella había sido enterrada en el Convento de las Descalzas Reales tras su fallecimiento en 1568, su hijo, muerto también aquel año, fue sepultado en el Convento de Santo Domingo el Real. El cortejo se trasladó de la villa hasta El Escorial, llegando el 7 de junio de 1573. Casualmente, a finales de aquel año murió en el monasterio la Princesa Juana de Austria, hermana del Rey Prudente, iniciando a la inversa su traslado fúnebre a las Descalzas Reales, convento fundado por ella misma.

Túmulo funerario de Juana de Austria en la exposición «La Otra Corte». Fuente: Francisco Boca Negra

Los Obispos de Salamanca y Zamora, los Duques de Arcos y de Escalona, empleados de la Casa Real o soldados son algunas de las personas que Felipe II dispuso que acompañasen a los ataúdes hasta El Escorial, ordenando que fueran colocados en la cripta de la Iglesia de Prestado, tal y como ya hemos comentado. Dentro de cada una de las cajas se incluyó un documento con la identidad del personaje, sus datos de nacimiento, fallecimiento y otras notas biográficas.

Traslado de los cuerpos de la familia imperial

El 29 de diciembre de 1573, partieron desde Granada los féretros de la Emperatriz Isabel de Portugal, la Princesa María Manuela y el de los Infantes Fernando y Juan. El Obispo de Jaén y el Duque de Alcalá de los Gazules eran los máximos responsables de la custodia de los cuerpos y su traslado al Monasterio de El Escorial; una vez allí, fueron también los encargados de regresar a Granada, esta vez con el cuerpo de la Reina Juana para darle sepultura en la Capilla Real junto a su esposo y sus padres.

Cenotafios reales de Carlos V y su familia en la Basílica de El Escorial. Fuente: Patrimonio Nacional

La comitiva que partió de Granada, tal y como ordenó el propio Felipe II, debía dirigirse a Torrijos (Toledo). Durante el tiempo que permanecieron en la localidad, se depositaron en la capilla mayor del Monasterio de San Francisco, que actualmente forma parte del patrimonio desaparecido y guardaba grandes similitudes con el de San Juan de los Reyes, en Toledo. Parte de la comitiva partió desde Torrijos a Yuste, donde debían recoger los cuerpos del Emperador y su hermana, la Reina de Francia, para unirse a los del cortejo de Granada que aguardaba en las inmediaciones de Toledo.

El 15 de enero de 1574 habían sido exhumados en Mérida los restos de Leonor de Austria, enterrados en la Catedral de Santa María la Mayor, siendo trasladados hasta el Monasterio de Yuste. Allí, el Emperador Carlos V se despidió para siempre del lugar en que disfrutó sus últimos días y en el que falleció, emprendiendo junto a su hermana un último viaje. Tras reencontrarse con su esposa nuevamente en Torrijos, la familia imperial prosiguió el camino hasta el Monasterio de San Lorenzo. El 4 de febrero de 1574, el cortejo llegó a su última morada, El Escorial.

Traslado de Juana I de Castilla y María de Hungría

El 27 de enero de 1574, los restos mortales de la Reina María de Hungría abandonaron la iglesia del Real Monasterio de San Benito, en Valladolid, después de grandes y solemnes actos fúnebres. Felipe II había dispuesto todo al detalle, habiendo enviado hasta un dibujo de cómo debía disponerse la organización en el templo para las honras en honor de su tía. Tras hacer noche en Simancas, llegaron el día 28 de enero a Tordesillas, concretamente al Real Monasterio de Santa Clara. En la capilla lateral de su iglesia, estaba sepultada desde 1555 la Reina Juana I de Castilla, cuyo cuerpo también fue exhumado para incorporarse al cortejo fúnebre.

Valladolid en 1572 según un grabado de Georg Braun y Frans Hogenberg. Fuente: Wikimedia

En Tordesillas, las honras por las dos reinas se celebraron hasta el día 30 de enero, momento en el que la Reina Juana abandonó para siempre la villa en cuyo desaparecido Palacio Real estuvo cuatro décadas recluida. Tras varios días de marcha haciendo frente al arduo y frío invierno castellano, el cortejo fúnebre llegó al Monasterio de San Lorenzo el día 7 de febrero. Sin embargo, el recibimiento en la Lonja no pudo llevarse a cabo, puesto que un terrible temporal provocó la destrucción del túmulo preparado. Por ello, la Reina de Hungría fue conducida a la Iglesia de Prestado, mientras que la Reina Juana prosiguió el camino hasta la Capilla Real de Granada, encabezando la marcha el Obispo de Jaén y el Duque de Alcalá de los Gazules. Con ello, se ponía fin a este conjunto de traslados fúnebres que supusieron un negocio pesado y trabajoso para Felipe II.

Sepulcro de la Reina Juana y el Rey Felipe. Fuente: Capilla Real de Granada

Como hemos visto, Las Españas asistieron entre 1573 y 1574 al cortejo fúnebre más importante y sobrecogedor de toda su historia. Por obra y gracia de Felipe II, la exhumación de cadáveres de varios de sus familiares y su posterior traslado al Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial fue uno de los elementos clave para dar sentido a su magna obra, que no deja de ser reflejo del poder real y, ante todo, de la grandeza de la Monarquía Hispánica regida por la nueva dinastía de los Austrias, a la que después sucedería la de los Borbones.

Reuniendo a toda su estirpe, el Rey Prudente legitimaba su reinado y reforzaba la nueva era de la Corona española, alejada ya de los tiempos medievales. Mientras que los Habsburgo tomaron posesión de El Escorial, la última Trastámara que se sentó en el trono prosiguió el camino hasta la Capilla Real de Granada. La Reina Juana es la llave con la que se abrió el reinado de los Austrias, pero, ante todo, fue, es y será siempre la primera monarca que se ciñó por primera vez la corona de todos los reinos que componían Las Españas. Sin ella, esta historia que nos ha hecho sentir unos auténticos #turistaenmipaís nunca se hubiera podido contar. Eterna Juana.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

AMIGO VÁZQUEZ, L. (2014). Reliquias de una dinastía. El traslado del cuerpo de María de Hungría de Valladolid a El Escorial (1574). Felipe II y Almazarrón: la construcción local de un Imperio global. Murcia: Universidad de Murcia. Recuperado de: https://www.researchgate.net/publication/315805075_Reliquias_de_una_dinastia_El_traslado_del_cuerpo_de_Maria_de_Hungria_de_Valladolid_a_El_Escorial_1574

DUQUE DE T’SERCLAES (1912). Traslación de los cuerpos reales de Granada a San Lorenzo de El Escorial y de Valladolid a Granada. Boletín de la Real Academia de la Historia (60), 5-24. Recuperado de: http://www.cervantesvirtual.com/obra/traslacin-de-los-cuerpos-reales-de-granada-a-san-lorenzo-de-el-escorial-y-de-valladolid-a-granada-0/

Instrucciones de Felipe II a Juan Zapata, presidente de la Real Chancillería. Recuperado de: http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/7339361

QUEVEDO, J. (1849). Historia del Real Monasterio de San Lorenzo, llamado comúnmente del Escorial, desde su origen y fundación hasta fin del año de 1848. Madrid: Establecimiento tipográfico de Mellado. Recuperado de: https://bibliotecadigital.jcyl.es/es/catalogo_imagenes/grupo.do?path=10116864

SÁNCHEZ, G. (2014). Música y liturgia en el ceremonial funerario del Real del Monasterio del Escorial, en Campos, F. J. (coord.), El mundo de los difuntos. Culto, cofradías y tradiciones. Ediciones Escurialenses. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5043940

SOTO CABA, V. (1989). Sobre los cortejos en los funerales reales del Barroco notas en torno a su origen y configuración. Boletín de Arte (10), 121-140. Recuperado de: https://www.researchgate.net/publication/269391767_Sobre_los_cortejos_en_los_funerales_reales_del_Barroco_notas_en_torno_a_su_origen_y_configuracion

Valladolid, capital de España en el siglo XVII: así floreció la ciudad del Pisuerga entre 1601-1606

El devenir de los tiempos no solo lo escriben los personajes históricos, sino también las ciudades, villas, países, reinos o los pueblos; en definitiva, lugares que nos ayudan a dar forma y sentido a la historia, al ser los escenarios en los que transcurrieron los diferentes hechos y en los que todavía podemos escuchar los ecos del pasado. Valladolid es uno de estos rincones en los que la historia brota en cada calle o monumento, una ciudad bañada por las aguas del Pisuerga que ha visto nacer a Reyes, ha visto celebrar bodas reales o ha acogido a artistas, escultores o escritores.

A pesar de haber sido una de las ciudades de España que más patrimonio ha perdido a lo largo de los últimos doscientos años, lo que explica que a día de hoy no tenga un casco histórico tan identificado y delimitado como ocurre en otras localidades, Valladolid todavía conserva grandes tesoros monumentales, artísticos y culturales que nos hablan de su importante pasado. Muchos de ellos no se entenderían sin hablar del período 1601-1606, el momento en que la capital del Pisuerga se convirtió también en sede de la Corte de Las Españas.

Valladolid en la historia

Desde que Pedro Ansúrez, repoblador y primer señor de Valladolid por la gracia del Rey Alfonso VI de León, comenzase a situar a esta ciudad de la submeseta norte en el mapa, otros muchos personajes más han ido dejando su huella inmortal en ella. Desde reyes y reinas, hasta escritores, pintores o escultores.

La Plaza de San Pablo a mediados del siglo XIX, pintada por Valentín Carderera. Fuente: Mis Museos

En numerosas ocasiones, Valladolid sirvió de sede de la entonces Corte itinerante de la Monarquía medieval castellana. Cabe destacar precisamente que en 1217, Fernando III fue proclamado Rey de Castilla en la Plaza Mayor pucelana, Rey que consiguió unificar dinástica y definitivamente las coronas de León y Castilla. La ciudad del Pisuerga también ha visto nacer a numerosos monarcas, desde Enrique I de Castilla, Enrique IV de Castilla, hasta los reyes Felipe II y Felipe IV. No hay que olvidar tampoco que en Valladolid contrajeron matrimonio los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, cuya unión marcó un punto de inflexión en la historia de España. Otros hechos que también son destacables son la muerte de Cristóbal Colón o el paso de Juan de Juni, Miguel de Cervantes o Rubens, entre otros grandes artistas.

Bautizo de Felipe II, celebrado en la Iglesia de San Pablo de Valladolid. Fuente: Wikimedia

Sin embargo, para Valladolid el antes y el después en su propia historia se vivió durante el período en que fue confirmada oficialmente como capital de Las Españas, bajo el reinado de Felipe III. Aunque solamente fueron 5 años ostentando la capitalidad, fue tiempo suficiente para que floreciese el urbanismo, la cultura o el arte, pero también la política o las intrigas.

Capitalidad de Valladolid

El 10 de enero de 1601, la sede de la Corte se traslada de Madrid a Valladolid por disposición real de Felipe III, quien ya había realizado una visita en julio de 1600 en la que la población pucelana le agasajó de manera extraordinaria. De hecho, la ciudad del Pisuerga fue la capital de Las Españas hasta marzo de 1606. La adopción de esta decisión por parte del Monarca se debió a un gran proyecto de especulación urbanística, uno de los tantos de nuestra historia. Sin embargo, Francisco de Sandoval y Rojas, Duque de Lerma y valido del Rey, se encontraba detrás de esta operación. El noble había adquirido numerosos terrenos y propiedades en Valladolid a un precio muy bajo, que se revalorizaron exponencialmente cuando el Rey trasladó a la ciudad del Pisuerga la capital y Corte de Las Españas. Negocio redondo.

Detalle del retrato de Felipe III a caballo. Fuente: Museo Nacional del Prado

En la decisión puede que influyera también que el Duque de Lerma quisiera tener más controlado a Felipe III desde sus señoríos y alejarle del influjo de su tía, María de Austria. La hija de Felipe II residía en el Real Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, que había sido fundado por su hermana Juana de Austria, y no era partidaria de la política del valido.

Fachada del Palacio Real de Valladolid. Fuente: Félix Maocho

Felipe III y su familia llegaron a Valladolid en febrero de 1601. Hasta finales de ese año, se alojaron en el Palacio de los Pimentel, que vio nacer a su padre Felipe II, en la Plaza de San Pablo. Sin embargo, posteriormente tomaron posesión del Palacio Real, que está situado frente a esta misma iglesia. La residencia había sido construida por Francisco de los Cobos, Secretario de Carlos V, hacia 1525. Sin embargo, fue adquirido y ampliado por el Duque de Lerma en 1600, vendiéndoselo un año después a Felipe III, siendo el lugar que acogió a la Familia Real hasta 1606.

Dibujo del Palacio de la Ribera, de Ventura Pérez. Fuente: Wikimedia

El crecimiento urbanístico de Valladolid al ser elevado a la categoría de capital del Reino también se reflejó en la orilla derecha del Pisuerga. En 1602, en la Huerta del Rey, comenzó la construcción del Palacio de la Ribera, como residencia estival para la Familia Real. Las obras, en las que intervinieron Francisco de Mora, entre otros arquitectos, finalizaron en 1605, un año antes de que la Corte volviera a Madrid. Dicho palacio no ha llegado a nuestros días, ya que fue desmantelado en 1761, pasando a engrosar la lista del patrimonio desaparecido de la ciudad.

El renacer de la ciudad

Durante el período en el que Valladolid fue capital de España, la ciudad creció exponencialmente y llegó a alcanzar los 70.000 habitantes. Nobles, comerciantes y multitud de personas se desplazaron hasta este rincón de Castilla para dar servicio a la Corte de Felipe III. Durante aquellos cinco años, fue el centro de las miradas de todos los reinos españoles, y no es de extrañar, pues en este tiempo nacieron en ella Ana de Austria, futura Reina de Francia, y el propio sucesor de Felipe III, Felipe IV, un 8 de abril de 1605. Sin embargo, hasta la capital pucelana llegaron también genios y artistas, como Gregorio Fernández, Miguel de Cervantes, Rubens, Quevedo o Luis de Góngora, entre otros.

El paso de Gregorio Fernández por Valladolid es, sin duda, el más importante de todos, pues su herencia artística se aprecia en multitud de iglesias y museos. Gracias en gran medida a este escultor gallego, la ciudad es hoy referente mundial de escultura en madera policromada. Aquí estableció su taller y desde él salieron las grandes joyas del arte barroco de la Escuela Castellana, que no solo se quedaban en Valladolid, sino que también viajaban a otros rincones del país.

Dolorosa de la Vera Cruz, una de las grandes obras de Gregorio Fernández en Valladolid

Hay que hacer mención también a Miguel de Cervantes. Gracias al traslado de la Corte, hasta Valladolid se desplazó también el escritor. De hecho, la ciudad es la única de toda España que conserva una casa original del autor en la que efectivamente se sabe que residió, siendo aquí donde finalizó la primera parte de El Quijote. Un 20 de diciembre de 1604, extendió la tasa para la venta de la novela, que comenzó a venderse en la ciudad a finales de ese año y comienzos de 1605, para posteriormente triunfar en el resto de España y de todo el mundo.

Fachada de la Casa-Museo de Miguel de Cervantes, en Valladolid. Fuente: Tribuna Valladolid

Como anécdota, William Shakespeare pudo ser uno de los integrantes de una misión diplomática inglesa que viajó a Valladolid en el período en que fue capital del Reino, concretamente en 1605. Durante este tiempo, habría coincidido con Miguel de Cervantes. ¿Realidad o leyenda? Nunca lo sabremos, aunque como argumento para una obra de teatro, una serie o una película sería maravilloso.

El fin de una época

Mientras la vida de la Corte sucedía, el Duque de Lerma repetía su hazaña inmobiliaria, pero esta vez en Madrid. Su objetivo no era otro que presionar de nuevo a Felipe III para trasladar a la villa del Manzanares de nuevo la capital de Las Españas, como así sucedió en marzo de 1606. Desde entonces, Madrid no ha vuelto a perder la capitalidad, lo que sin duda permitió su crecimiento económico y social, hasta convertirse en la gran urbe que es actualmente. Valladolid no corrió la misma suerte, pues que a partir de 1606 entró en un período de decadencia que se reflejó en la pérdida de población y actividad económica, algo de lo que no consiguió recuperarse hasta el siglo XIX.

La Iglesia de San Pablo, reflejo del pasado histórico de Valladolid

Durante los cinco años en que Valladolid disfrutó de la capitalidad de los reinos de Las Españas, supo aprovechar al máximo la influencia de la Corte para florecer y renacer. Todo ello se puede apreciar todavía hoy, cuatro siglos después, en sus monumentos, en sus museos e iglesias o en su sociedad, que recuerda con orgullo y nostalgia su pasado, como también lo hemos recordado nosotros hoy, un viaje a ese pasado del Valladolid del siglo XVI que nos hace sentir unos auténticos #TuristaEnMiPaís.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

VEGA GARCÍA-LUENGOS, G. (2011). El Valladolid cortesano y teatral de Felipe III (1601-1606), en MATAS CABALLERO, J., MICÓ JUAN, J. A., PONCE CÁRDENAS, J. (Ed.), El Duque de Lerma. Poder y literatura en el Siglo de Oro. Madrid: CEEH. Recuperado de: https://uvadoc.uva.es/bitstream/handle/10324/3760/G%20Vega%20Lerma%202011pdf.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Una visita al Museo de la Almudena, donde la historia de la Catedral de Madrid se hace presente

Dicen que el mejor lugar del mundo para vivir es Madrid y que, después de Madrid, solo puede estar el cielo. Desde la cúpula de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena, el famoso dicho que se esconde detrás de esa afirmación, «De Madrid al cielo», cobra verdadero sentido. La panorámica que se vislumbra desde las alturas de la principal iglesia de la capital de España, además de catedral más joven de todo el país, impresiona a todo el que la contempla, al mostrar una de sus vistas más desconocidas en la que ciudad moderna se fusiona con la villa más castiza, desde donde vemos como el Madrid de los Austrias se da la mano con el de los Borbones o nos olvidamos por un momento del asfalto y los adoquines de las calles al contemplar los tonos verdes y frescos de la Casa de Campo o de la no tan lejana sierra.

Aunque la vista desde la cúpula de la Catedral de la Almudena es un gran reclamo para adentrarse en el Museo catedralicio, ya que a través de él se accede hasta este privilegiado mirador, también es la oportunidad perfecta para conocer la historia del templo de la mano de sus encantadores y preparados guías, descubrir los ricos tesoros que custodian sus vitrinas y, por qué no decirlo, eliminar también tópicos e ideas sin fundamento y enamorarse de esta construcción que tantos debates viene suscitando desde hace décadas, o, mejor dicho, desde que finalizó su construcción. ¿Te vienes a conocer todo lo que te espera en tu visita al Museo de la Catedral de la Almudena?

Qué ver en el Museo de la Almudena

Nadie que visite la Catedral de Santa María la Real de la Almudena puede irse sin pasar por el Museo catedralicio. Se trata de uno de los espacios culturales más desconocidos de Madrid, a pesar de que en los últimos años, y gracias a iniciativas como «#AbiertoAlAtardecer» o «El atardecer de las catedrales», ha aumentado su popularidad y se ha dado a conocer por las visitas que ofrece a la cúpula del templo, desde donde se observa una de las panorámicas más asombrosas de la villa.

Torres de la Catedral de la Almudena fotografiadas desde la cúpula

Sin embargo, el Museo de la Almudena es mucho más que su privilegiado mirador, puesto que sus salas están repletas de tesoros artísticos, literarios, textiles o de orfebrería, imprescindibles para descubrir el origen de la catedral o la historia de la diócesis madrileña.

Sala capitular y Sacristía mayor

Una de las ventajas de visitar el Museo de la Almudena es la posibilidad de disfrutar de algunas estancias de la catedral de Madrid que en una visita libre por el templo no se pueden llevar a cabo. Concretamente, nos referimos a la Sala Capitular y la Sacristía Mayor. Se trata de dos espacios que todavía son utilizados en algunas celebraciones que tienen lugar en la iglesia, lo que, sin duda, hace mucho más especial poder pasear por ellas y contemplar su riqueza artística.

  • Sala capitular. En esta estancia de la catedral se reúne el Cabildo, conformado por los miembros que llevan a cabo la administración del principal templo de la Archidiócesis de Madrid. La sala se configura también como espacio de conferencias, un lugar único por la carga simbólica de su decoración, conformada por mosaicos realizados por el sacerdote jesuita Marko Ivan Rupnik, famoso también por obras similares realizadas en los santuarios de Fátima o Lourdes, o en el Palacio Apostólico de San Pedro del Vaticano. Escenas bíblicas, la Transfiguración de Cristo o representaciones de santos madrileños, como San Isidro, Santa María de la Cabeza, Santa Maravillas de Jesús o Santa María Soledad Torres, se aprecian en las paredes de la Sala capitular.
La Sala Capitular de la Catedral de la Almudena está decorada con impresionantes mosaicos. Fuente: Twitter Museo Almudena
  • Sacristía mayor. La carga simbólica de la Sala capitular continúa en la Sacristía mayor, otro de los espacios de la Catedral de la Almudena que se puede visitar al acceder al museo catedralicio. De nuevo, son los mosaicos de Marko Rupnik los que decoran las paredes de la estancia, en este caso en torno al tema de la creación. La sacristía se utiliza frecuentemente por el Obispo y los sacerdotes para revertirse en ella para las celebraciones que tienen lugar en la catedral.
La Sacristía Mayor continúa utilizándose en las grandes celebraciones que tienen lugar en la catedral. Fuente: Twitter Museo Almudena

Recorriendo la historia de la Catedral de Madrid

Visitar el Museo de la Almudena permite responder una de las preguntas más repetidas entre los turistas de Madrid: ¿por qué su catedral es la más moderna de España? No fue hasta 1885 cuando la capital del país se constituyó en diócesis propia, desligándose del arzobispado de Toledo, al que hasta entonces pertenecía. La demolición unos años antes, concretamente en 1868, de la antigua Iglesia de Santa María de la Almudena, en la que se daba culto a la patrona de la villa en la Calle Mayor, motivó que el proyecto de nueva parroquia se reconvirtiera en templo catedralicio.

Las estancias que el Museo de la Almudena dedica a la historia de la catedral están protagonizadas por nombres como Alfonso XII o María de las Mercedes, promotores de la construcción del templo y cuyos retratos forman parte de los elementos que ayudan a seguir el discurso expositivo. No son los únicos personajes cuyos rostros podemos contemplar y que nos ayudan a descubrir la evolución de la catedral madrileña, destacando también el retrato de la Reina María Cristina, segunda esposa del Rey Alfonso XII y que inauguró la cripta catedralicia en 1911, o el busto de la hija de ambos, la Infanta María Teresa de Borbón, fundadora de la Corte de Honor de Santa María la Real de la Almudena.

Maqueta del proyecto neogótico de la Catedral de la Almudena. Fuente: Twitter Museo Almudena

Cabe destacar que, en la subida a la cúpula, los visitantes se encuentran con la maqueta del proyecto neogótico de la catedral, el primero que se diseñó para el templo por parte del arquitecto Francisco de Cubas, siguiendo los preceptos imperantes en Europa impuestos por Viollet-le-Duc. Muchos son los que se preguntan por qué no se llevó a cabo, dado que sus formas son realmente espectaculares y se habría convertido en la obra neomedieval más importante de España, pero para poder conocer el motivo hay que visitar el Museo, cuyos guías tienen la respuesta.

Sobre San Isidro y La Almudena, patronos de Madrid

Dentro del discurso expositivo que nos plantean desde el Museo de la Catedral de la Almudena destaca especialmente el espacio dedicado a los Santos Patronos de la villa. La devoción por San Isidro Labrador y por Nuestra Señora de la Almudena se remonta a los albores del Madrid medieval, y prueba de ello lo encontramos en algunos de los elementos que se exponen en las vitrinas de las dependencias que se les dedican.

La Virgen de la Almudena se representa en una talla gótica de finales del siglo XV

Nuestra Señora de la Almudena es la Patrona de la villa y su origen se vincula a la conquista cristiana. La talla original, de estilo gótico y que sustituye a una anterior que se perdió en un incendio reinando Enrique IV, recibe culto en el crucero de la catedral, aunque no siempre ha estado en ese lugar, tal y como se descubrirá visitando el Museo. Del mismo, tampoco siempre la hemos contemplado como hoy en día hacemos. En 1623, la reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, comenzó la tradición de vestir a la Patrona de la villa con mantos y ropajes, lo cual se mantuvo hasta 1890. El Museo conserva 14 vestidos que han sido regalados por nobles y reinas, destacando el de la Reina María Luisa de Parma de 1786. Una réplica de la Virgen ayuda a exponerlos y hacernos ver cómo la veneraron los antepasados de los madrileños.

Réplica revestida de la Virgen de la Almudena en el Museo catedralicio. Fuente: Twitter Museo Almudena

La Real Esclavitud de la Virgen de la Almudena, fundada en 1640 por el Duque de Pastrana bajo las órdenes de Felipe IV, ocupa también un espacio dentro del Museo, al ser la congregación encargada de dar culto a la Patrona de Madrid desde hace más de trescientos años. Destaca el histórico libro en el que los miembros de la realeza española, entre ellos los Monarcas, han ido estampando su firma para declarar su pertenencia a esta asociación. No obstante, sobresale también la custodia realizada en el siglo XVII procedente de la antigua Iglesia de la Almudena que, costeada por esta congregación está realizada con piedras preciosas, rubíes o diamantes, siendo uno de los elementos litúrgicos más valiosos de los que se conservan en Madrid.

Detalle del Códice de San Isidro. Fuente: Twitter Museo Almudena

Por otro lado, en el espacio dedicado al Santo Patrón sobresale el Códice de San Isidro, una verdadera joya de la literatura de la segunda mitad del siglo XIII en la que se relatan los principales milagros que se atribuyen al mismo. Este manuscrito fue fundamental para la canonización del santo el 12 de marzo del año 1622 gracias al Papa Gregorio XV. En la Plaza Mayor de la villa se celebró una misa de acción de gracias por ello, exponiéndose también las vestiduras que los sacerdotes utilizaron en aquella histórica jornada, que se suman al rico patrimonio textil que conserva el Museo.

La consagración del templo

Después de haber recorrido la historia de la Diócesis de Madrid, de sus Santos Patronos y de su principal iglesia, es decir, la Catedral de la Almudena, llega el final de la visita con la estancia dedicada a la consagración del templo, el momento en el que cada una de las piedras que lo conforman adquieren su verdadero sentido, pasando a ser la principal casa de Dios en Madrid. Después de más de un siglo de construcción, el Papa Juan Pablo II se trasladó a la capital de España para consagrar el 15 de junio de 1993 la última catedral construida en Europa. Fue la primera vez que un Papa consagraba una catedral fuera de Roma.

San Juan Pablo II accediendo a la Catedral de la Almudena para su consagración. Fuente: Twitter Museo Almudena

En el Museo de la Almudena se conserva la casulla que San Juan Pablo II utilizó en la ceremonia de consagración. Este Papa es una de las figuras que forman parte de la historia de la catedral madrileña, por lo que también tenía que contar con un hueco dentro de las estancias del museo. Sin embargo, no solo aquí podemos encontrar la vinculación con el templo. A los pies de la Virgen de la Almudena, en el crucero de la catedral, un panel recoge la oración que el Santo Padre dedicó a la Patrona de Madrid el día de la consagración, cuando se postró a sus pies, sin olvidar también el pequeño altar en el que se conserva como reliquia una gota de su sangre o la estatua que preside la entrada lateral a la catedral.

Los miradores del Museo de la Almudena

A pesar de los grandes tesoros que custodia el Museo de la Almudena, ya que los que hemos mencionado son solo una pequeña muestra de todo el rico patrimonio con el que cuenta, las vistas que se disfrutan desde sus diferentes miradores son los grandes atractivos para la mayoría de los visitantes. El primero de ellos es el balcón de la catedral, situado en la fachada principal y orientado hacia el Palacio Real. Desde aquí, es posible contemplar toda la fachada principal de la gran joya del Madrid de los Borbones, vislumbrando en un segundo plano los rascacielos de la Plaza de España.

Panorámica del Palacio Real de Madrid desde el balcón de la Catedral de la Almudena

Las estatuas de los 12 Apóstoles que protegen la cúpula de la Catedral de la Almudena comparten espacio desde hace unos años con los turistas y visitantes del Museo catedralicio. La subida hasta el punto más alto del templo pone fin al recorrido, aunque lo hace dejando boquiabiertos a todos y cada uno de los turistas, especialmente a la hora del atardecer. Desde este espacio, es posible contemplar una de las panorámicas más espectaculares de Madrid. Desde la Casa de Campo, pasando por la cúpula de San Francisco el Grande, los campanarios del Madrid de los Austrias, la otra catedral de Madrid, los edificios de la Gran Vía, la Plaza de España y, por supuesto, los tesoros arquitectónicos del Madrid de los Borbones, todos los visitantes disfrutan encontrando e identificando cada uno de estos lugares. Sin duda, incluir la subida a la cúpula de la catedral fue un gran acierto por parte del equipo del Museo.

Los 12 Apóstoles contemplan cada día el atardecer de Madrid desde la cúpula de su catedral

El Museo de la Almudena es el lugar perfecto en el que poner fin al eterno debate sobre el estilo arquitectónico de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena. Gracias a su exposición permanente y sus novedosas iniciativas, contribuye cada día a revalorizar el principal templo de la Archidiócesis de Madrid, dando a conocer principalmente su desconocida y apasionante historia. Las piezas artísticas e históricas que custodia sirven de hilo para tejer un atractivo discurso expositivo, teniendo como broche final la subida a la cúpula, desde donde se contempla una de las postales más maravillosas de la capital española. Sin duda, el Museo de la Almudena nos hace sentir unos auténticos turista en mi país. Ahora, es momento de que visites su web y planifiques una visita, sus guías te están esperando.

J.

La erupción volcánica de La Palma de 1646: así fue la crónica que recibió Felipe IV

Uno de los hechos más importantes, a la vez que catastróficos, que tuvieron lugar en 2021 en España fue la erupción del volcán Cumbre Vieja en la isla de La Palma, un hecho que sorprendió a todos y que ayudó a recordar que el archipiélago de Canarias está vivo, es de origen volcánico y forma parte de la placa africana. Sin duda, la sociedad palmera, duramente afectada por las pérdidas materiales, pero también el resto del país solidarizándose con ellos, se paralizó ante lo sucedido. A pesar de que este tipo de fenómenos naturales dejan impronta de su huella y recuerdo en la propia orografía del paisaje, su documentación también es importante para tratar de predecir otras posibles y futuras catástrofes volcánicas, además de analizar las ya acontecidas.

En pleno siglo XXI, noticias, vídeos, imágenes, últimas horas a golpe de tweet o una conexión en directo constante con la salida de la lava, sirvieron para documentar este hecho histórico. Sin embargo, en las centurias precedentes el tiempo avanzaba a otro ritmo y era la pluma y el papel los que anunciaban y dejaban constancia escrita de este tipo de sucesos. Prueba de ello lo encontramos en 1646, año en que otro volcán despertó también de su letargo en La Palma y paralizó la vida de sus habitantes. El entonces Rey de Las Españas, Felipe IV, recibió la noticia en forma de carta escrita del puño y letra del Gobernador de las Canarias, un valioso documento con el que conocer cómo fue aquella erupción que paralizó la vida de los palmeros y que a continuación vamos a descubrir.

La Palma, una isla volcánica viva

La Palma es una de las islas que conforman el archipiélago de las Canarias. De origen volcánico, todo este conjunto de formaciones insulares situadas en el Océano Atlántico se asientan sobre la placa africana y, desde un punto de vista natural, pertenecen a la región de la Macaronesia. De todo el grupo de islas, cabe destacar que La Palma es la segunda más joven, por detrás de Hierro, al alcanzar únicamente los 2 millones de años. Aunque puedan parecer muchos, lo cierto es que en geología el tiempo se mide de otra forma, además de recordar que nuestro planeta, La Tierra, cuenta con más de 4,5 mil millones de años.

Vista aérea de la isla canaria de La Palma

El vulcanismo es uno de los grandes atractivos turísticos de las Islas Canarias, que han sabido aprovechar y revalorizar su riqueza natural para crear valor y atraer la atención de los turistas de todo el mundo. El archipiélago, único por sus características geológicas o climáticas, tanto en España como en Europa, ve reflejado todo ellos en sus diferentes espacios naturales protegidos, cuyos máximos exponentes son sus cuatro Parques Nacionales: Teide (Tenerife), Timanfaya (Lanzarote), Garajonay (La Gomera) y Caldera de Taburiente (La Palma). Como no podía ser de otro modo, todos ellos se encuentran vinculados al origen volcánico del archipiélago.

En lo que respecta a la Caldera de Taburiente, estudios en las últimas décadas han confirmado que, a pesar de su nombre, su origen es erosivo, no volcánico. La edad de esta zona de La Palma coincide con la antigüedad de la isla, por lo que está vinculada al nacimiento de la misma. De hecho, las primeras erupciones submarinas que concluyeron con la creación de la isla comenzaron hace 3 millones de años en este extremo norte, y la formación posterior del actual Parque Nacional, que al mismo tiempo es también Reserva de la Biosfera de la UNESCO, se debió a los procesos erosivos del agua, uno de sus elementos más significativos y que brota por todo el terreno que ocupa. Aclarado este detalle, el dominio geológico de Caldera de Taburiente lleva miles de años sin experimentar actividad volcánica, ya que hace aproximadamente 150.000 años que los rugidos del magma se trasladaron al sur, más allá de Cumbre Vieja.

Vista de Cumbre Vieja, en La Palma. Fuente: fotosaereasdecanarias.com

El Parque Natural de Cumbre Vieja divide La Palma en dos partes y también sirve de límite natural para poder contemplar dos paisajes completamente opuestos. Uno muy frondoso y verde al norte, mientras que en el sur el entorno es puramente volcánico. Esto no es de extrañar, puesto que en los últimos siglos se han registro en esta zona numerosas erupciones volcánicas, las denominadas erupciones históricas. La primera de ellas, que sin contar con documentación ha confirmado la geología, aconteció en torno a 1470-1492 con el despertar del volcán Tacande, unos años antes de la conquista española de la isla (1493). Precisamente, el propio Colón pudo observar actividad volcánica en Canarias desde la nave que le conducía al Nuevo Mundo en 1492, tal y como reflejó en su diario de a bordo, aunque no se sabe si provenía de La Palma o del Teide, en Tenerife.

Erupción del volcán Teneguía en 1971. Fuente: EL PAÍS

De las 17 erupciones volcánicas canarias históricas, 8 han tenido lugar en La Palma y todas ellas al sur de la isla, en el actual Parque Natural de Cumbre Vieja. La última, en 2021. De hecho, desde el siglo XV en que se tienen registros, solamente en el XIX no hubo ninguna explosión. Las colas de lava han ido dando forma a todo este territorio insular, un gran atractivo hoy en día para quienes visitan la «Isla Bonita», como así se conoce a La Palma, pero que tantos estragos han provocado a lo largo de los tiempos a sus habitantes, destruyendo casas, plantaciones o reservas ganaderas.

La erupción del Volcán Martín en 1646

De las ocho erupciones volcánicas que han tenido lugar en La Palma desde el siglo XV, queremos destacar especialmente la que aconteció en 1646. Solamente habían transcurrido algo más de 70 años de la anterior, en la que el volcán de Tahuya sembró el pánico entre la población palmera entre el 19 de mayo y el 10 de agosto de 1585, cuando un nuevo gigante fruto de la naturaleza volvió a rugir con fuerza en la «Isla Bonita». La lava despertó en el extremo sur de Cumbre Vieja el 2 de octubre de 1646, en la montaña que los locales conocían como Manteca.

Vista del Volcán Martín, cuya erupción se produjo en 1646. Fuente: Isla Bonita Tours

El volcán Martín, como así se denominó al nuevo habitante geológico de La Palma que surgió de esta erupción, llegó a formar varias lenguas de lava y afectó especialmente a Tigalate y Fuencaliente. Al igual que ha ocurrido en otras ocasiones a lo largo de la histórica volcánica de la isla, el material que expulsó el volcán también consiguió llegar al Atlántico y ganar terreno al mar.

Colas de lava que provocó la erupción del volcán Martín en 1646. Fuente: OpenStreetMap

La erupción de Martín estuvo acompañada también de fuertes terremotos, que obligaron al gobernador de Tenerife a enviar barcos a sus vecinos palmeros para evacuarlos, pues muchas de sus embarcaciones habían quedado destruidas. Además de la lava, la tormenta de ceniza y piroclastos provocaron grandes consecuencias para las cosechas y cultivos, tanto de ese año como del venidero. Finalmente, y antes de la llegada de la Navidad, el volcán cesó en su actividad. Aunque Martín se extinguió, La Palma continuó muy viva, y pasaron solo 28 años para que un nuevo volcán continuara escribiendo la milenaria pero reciente historia de la segunda isla más joven de las Canarias.

La crónica de la erupción recibida por Felipe IV

La noticia de la erupción del volcán Martín llegó a la península el 18 de diciembre de 1646, del puño y letra del corregidor de Tenerife y La Palma, Alonso de Inclán y Valdés. La carta, conformada por nueve folios y conservada en la Biblioteca Nacional de España, está dirigida a Felipe IV y en ella se describe cronológica y detalladamente lo sucedido. En primer lugar, el gobernador informa al Rey que los primeros días de octubre se sintió en Tenerife, en cuya ciudad de La Laguna se encontraba, temblores de tierra de poca consideración, aunque los que le siguieron supusieron un «grande estruendo en toda la dicha isla en forma de artillería gruesa», por lo que las confundieron con un ataque de guerra.

Felipe IV de España reinó entre 1621 y 1665. Fuente: The National Gallery

El corregidor informa al Rey que recibió aviso que desde Garachico, población situada también en Tenerife, se avistaba «un fuego grande y espantoso en la isla de La Palma, que está distante de aquella en dieciocho leguas y que del mismo fuego se distinguían otros fuegos grandes que en forma de ríos corrían hacia la mar». Por tanto, ya habían descubierto el origen de los estruendos, causados por un volcán que había explosionado en su isla vecina. Los moradores de la «Isla Bonita» le relataron que el 30 de septiembre de 1646, a las once de la noche, comenzaron los terremotos que precedieron la erupción, que tuvo lugar el 2 de octubre, cuando «se abre una grieta en el término que llaman de Tigalate», cuyos materiales, entre ellos humo y piedras, «oscurecían el día y condensaban el aire».

En la carta, el corregidor va relatando el número de bocas que el volcán va abriendo conforme los días se suceden. Uno de los puntos más llamativos es que, a pesar de afirmar que dos grandes colas de lava acaban llegando al mar, «las cenizas y piedras que llueven nunca cesan, con que esto hace más daño que los ríos de fuego». Concretamente, hace referencia a los daños que causó en los cultivos y zonas boscosas de la comarca, junto con el ganado que pereció, las casas y estanques que destruyó y, ante todo, las tierras de sembrar, el gran tesoro de la isla según el corregidor.

La agricultura continúa siendo la principal actividad económica de La Palma. Fuente: Guía Repsol

Curiosamente, también informa a Felipe IV que por donde la lava avanzaba no quedaba otra cosa que «malpaís, que así llaman la tierra inhabitable por estar cubierta de piedra quemada». Se trata, por tanto, de un término de larga historia que todavía hoy se escucha en todas las Islas Canarias. Además, afirma que, aunque el volcán perjudicó a todos los habitantes de La Palma por igual, los más pudientes se vieron menos afectados ya que la erupción no afectó a los cultivos de azúcar o las viñas. Es por ello que, al finalizar la carta, solicitó «alivios» al Rey ante la desgracia que vivieron los palmeros.

El pino canario se ha asentado con el paso de los siglos en el entorno del volcán Martín. Fuente: Francisco Curbelo

Los efectos del volcán Martín también llegaron a Tenerife, donde cayó «cantidad grande de arena que parece pólvora verde», e incluso hasta Lanzarote, donde «un olor enfadoso y los estruendos se han sentido», a pesar de distar de ochenta leguas de la de La Palma. Precisamente, la noche del 15 de noviembre de 1646, el corregidor afirma en la carta que los terremotos que se sintieron desde Tenerife fueron tan grandes que la población acudió a refugiarse a iglesias o conventos y que «no parecía la ruina de aquella isla de La Palma, sino la de todas», refiriéndose al conjunto del archipiélago.

El ¿milagroso? final de la erupción

En la carta que el gobernador de Tenerife y La Palma remitió a Felipe IV y que hemos desgranado previamente, se hace mención también al miedo y temor que sintieron los palmeros ante el estallido del volcán, afirmando en el escrito que «no quedándoles más acción que acudir a las iglesias para pedir misericordia a Dios Nuestro Señor». Concretamente, hace referencia a los 4 novenarios que dedicaron a la Patrona de la isla, Nuestra Señora de las Nieves, a la que se trasladó en rogativa desde su Santuario hasta la capital, Santa Cruz de la Palma, para implorar el fin de la catástrofe.

Talla de Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de La Palma. Fuente: Minube

La Virgen de las Nieves se encuentra representada en una talla del siglo XIV, período anterior a la conquista castellana de la isla en 1493, lo que la convierte en la escultura mariana más antigua de todo el archipiélago canario. Sin embargo, da la casualidad que se cree que ya era venerada por los aborígenes, seguramente porque llegó de la mano de algún misionero que se desplazó a aquellas inhóspitas tierras con fines evangelizadores. A pesar de que había sido elevada a la categoría de Patrona de La Palma, lo cierto es que la población sentía más fervor por otros santos, como Santa Águeda, que por Nuestra Señora de las Nieves. Sin embargo, todo ello cambió con la erupción del volcán Martín.

Procesión de 1646 en la que se rogó a la Virgen de las Nieves el fin de la erupción. Fuente: Twitter @VRetratos

El 18 de diciembre de 1646, día en que se celebra la Expectación del parto de la Santísima Virgen María, y tras haber sacado en procesión a Nuestra Señora de las Nieves, la boca por la que expulsaba la lava apareció cubierta de nieve, cesando su actividad. Entonces, otra explosión ocurrió, pero en este caso de devoción por esta Virgen negra, que ha llegado a ser, incluso, coronada canónicamente. Este milagro, que forma parte de la tradición popular que gira entorno a los volcanes de La Palma, quedó reflejado en un cuadro conservado en el Santuario donde la talla recibe culto.

La isla de La Palma es una mezcla de vegetación, mar y volcanes. Fuente: Visit La Palma

«Soy volcán, salitre y lava. Repartido en siete peñas late el pulso de mi alma. Soy la historia y el futuro, corazón de alumbra el alba de unas islas que amanecen navegando la esperanza». Estos versos, que ponen letra al himno de la Comunidad Autónoma de las Islas Canarias, definen a la perfección a La Palma, la formación insular de todo el archipiélago que más afectada se ha visto por la actividad volcánica en los últimos quinientos años. Las erupciones han hecho fuerte a la sociedad palmera y no solo han dejado una huella perpetua en su paisaje, sino también en una población que siglo a siglo ha ido forjando su historia, una historia que, al igual que sus paisajes volcánicos, sus verdes y frondosos rincones, y el rumor de sus aguas nos hacen sentir unos auténticos #turistaenmipaís. Ahora, es momento de visitar y apoyar a La Palma.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

BARRERA, J. L., GARCÍA MORAL, R., PINEDA, A., RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ R. (2016). Parque Nacional del Teide. Guía Geológica. Instituto Geológico y Minero de España. Recuperado de: http://www.igme.es/LibrosE/GuiasGeo/teide_2ed_sp/

BARRERA, J. L., GARCÍA MORAL, R., PINEDA, A., RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ R. (2016). Parque Nacional de la Caldera de Taburiente. Guía Geológica. Instituto Geológico y Minero de España. Recuperado de: https://www.igme.es/LibrosE/GuiasGeo/taburiente_sp/

DE INCLÁN Y VALDÉS, A. (1646). Relación de la erupción de un volcán en la isla de La Palma. [Carta dirigida al Rey Felipe IV por el Gobernador de las islas]. Biblioteca Nacional de España. Recuperado de: http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000177624&page=1

POGGIO CAPOTE, M. (2010). «De tanto corazón la fe rendida: la Virgen de las Nieves y la cultura popular (notas históricas y etnográficas)». En Pérez Morera, J. (coord.), María, y es la nieve de su nieve . Favor, esmalte y matiz. Santa Cruz de la Palma: Caja Insular de Ahorros de Canarias. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3300047

RODRÍGUEZ ESCUDERO, J. G. (2009). Los prodigios de Nuestra Señora de Las Nieves. Recuperado de: https://issuu.com/nuestrasislas/docs/los_prodigios_de_nuestra_se_ora_de_las_nieves

IMAGEN DE PORTADA

Erupción del volcán de La Palma en 2021. AFP-El Mundo. Recuperado de: https://e00-elmundo.uecdn.es/assets/multimedia/imagenes/2021/09/20/16321233422942.jpg

La Virgen de la Victoria y la conquista de Málaga: origen e historia de la devoción a la patrona de la ciudad

Los cuadros, las esculturas o los tapices no son meros objetos que podemos contemplar en museos, iglesias o palacios. Además del valor artístico que presentan, lo que ya de por sí los hace únicos e irrepetibles, todos estos elementos nos ayudan también a comprender el devenir del paso del tiempo, explicando las razones de lo que somos y de dónde venimos. Su principal razón de ser reside en su memoria, en la historia que se esconde en su interior y que hace que todos estos objetos puedan brillar todavía más. Uno de los ejemplos más claros lo podemos encontrar en Málaga, la ciudad andaluza que se abre al Mar Mediterráneo y que conserva una joya del arte policromado del siglo XV y a la que rinden culto como excelsa patrona: Santa María de la Victoria.

Son muchas las advocaciones marianas que podemos encontrarnos en las iglesias y templos católicos, teniendo todas ellas un significado. En el caso de la patrona malacitana, representa a la Virgen María sosteniendo al Niño en su rodilla. Es en su historia y origen donde encontramos el significado de su denominación. La talla fue entregada por los propios Reyes Católicos a la ciudad de Málaga tras su conquista en agosto de 1487, otorgándole la advocación de «La Victoria» en honor y gloria de su triunfo sobre los musulmanes. En la biografía de la talla de esta Virgen se entremezcla la historia con posibles toques de leyenda, formando parte todo ello de una devoción muy arraigada y extendida que también se materializó en el arte.

La Virgen de la Victoria y la toma de Málaga

Uno de los pilares fundamentales del reinado de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón fue la recuperación del Reino nazarí de Granada, poniendo fin a lo que buena parte de los historiadores denominan Reconquista. Este territorio estaba conformado también por la ciudad de Málaga, uno de los puertos principales en el Mediterráneo, mar que por aquel entonces todavía seguía teniendo un papel fundamental en las relaciones comerciales al no haber tenido lugar todavía el Descubrimiento de América. Por tanto, la toma de Málaga fue una pieza más de la Guerra de Granada, que se desarrolló durante una década, concretamente entre 1482-1492.

Retrato de los Reyes Católicos. Fuente: Wikimedia

La toma de Málaga, como así se conoce a la reconquista de la ciudad por parte de los Reyes Católicos, comenzó el 7 de mayo de 1487 y finalizó el 18 de agosto de ese mismo año, tras haber sometido a la urbe a un largo asedio. Fue uno de los episodios más duros de la Guerra de Granada, controlado directamente por Fernando II de Aragón, que instaló el campamento en las cercanías, al norte de la población, concretamente en la Huerta del Acíbar. Fue allí donde se gestó precisamente el comienzo de la devoción a la Virgen de la Victoria.

Durante la contienda, la tradición o leyenda sostiene que el Rey Fernando recibió en sueños la aparición de la Virgen María, que le anunció que, con la llegada de unos monjes al campamentos, las tropas cristianas alcanzarían la victoria sobre los musulmanes y se pondría fin al conflicto. En esta ensoñación, Nuestra Señora sostenía a su hijo y ambos estaban coronados, como símbolo de su realeza celestial, acompañados de una palma que simbolizaba el triunfo en la guerra. Daba la casualidad que esta representación era muy similar a la que acompañaba al propio Monarca en su oratorio de campaña.

Detalle de «Liberación de los cautivos de Málaga por los Reyes Católicos». Fuente: Red Digital de Colecciones de Museos de España

Dejando a un lado el relato anterior, lo cierto es que hay constancia de la llegada de un grupo de monjes al campamentos del Rey Fernando en agosto de 1487. Se trataba de doce frailes de la Orden de los Mínimos, que había sido fundada hacía escasas décadas por San Francisco de Paula. El objetivo de su viaje era solicitar licencia a los Reyes Católicos para poder establecerse en sus reinos, lo cual sería concedido más adelante. Por el momento, la prioridad era poner fin a la contienda, como así terminó ocurriendo el 18 de agosto de 1487. Dos días más tarde, los obispos de Ávila, Badajoz y León entraron en procesión en la nueva ciudad de la Corona de Castilla, para tomar posesión de ella. El sueño del Rey Fernando se había cumplido.

La Orden de los Mínimos y la Virgen de la Victoria

Los obispos a los que se encomendó la toma de posesión oficial de la ciudad tuvieron como primer objetivo la consagración de la mezquita mayor de Málaga al culto católico, concretamente a la advocación de Santa María de la Encarnación. A ello le siguió la fundación de otras tres parroquias, con las que comenzó a organizarse la nueva diócesis y el proceso de cristianización. Sin embargo, los Reyes Católicos no olvidaron tampoco el sueño que había tenido el Rey Fernando días antes de la toma de ciudad.

Talla de la Virgen de la Victoria. Fuente: Twitter Santuario de la Victoria

En el lugar en el que se había asentado el campamento del Rey de Aragón, los monarcas ordenaron construir una ermita en la que depositaron la imagen de la Virgen con el Niño, a la que dieron la advocación de Santa María de la Victoria, en honor de su triunfo frente a los musulmanes. La imagen se llevó en procesión por las calles de la nueva urbe castellana cuando esta fue conquistada y en la base de la misma se inscribió su denominación, para perpetuo recuerdo de su origen. La mencionada capilla, por disposición de los Reyes Católicos, fue entregada en 1491 al ermitaño Bartolomé de Coloma, aunque este no sería el único cambio que vivió.

Una vez finalizada la Guerra de Granada, en 1493 los Reyes Católicos concedieron a la Orden de los Mínimos licencia para asentarse en sus reinos. Málaga fue la ciudad por la que comenzó su historia en Las Españas. De hecho, los monarcas de Castilla y Aragón les entregaron los terrenos adyacentes a la ermita en la que se daba culto a la Virgen de la Victoria para que construyeran su primer monasterio, lo cual hicieron a comienzos del siglo XVI. Desde entonces, la historia de esta orden religiosa en España ha quedado vinculada a la advocación mariana de La Victoria, fundando otras tantas casas con esta misma denominación por el resto de su geografía.

Sobre la talla de la Virgen de la Victoria

El principal elemento de culto en el recién fundado monasterio de los Mínimos en Málaga fue la Virgen de la Victoria. Se trata de una talla de bulto, realizada en madera policromada, datada de finales del siglo XV. La autoría de la obra es anónima, siendo varios los estudios que se han llevado a cabo para tratar de esclarecerlo y atribuirle el nombre de algún maestro. Entre ellos, podemos destacar a Juan de Figueroa, que trabajó como escultor junto a los Reyes Católicos, aunque hay quienes son partidarios de atribuir la talla a Jorge Fernández Alemán, cuyo taller se encontraba situado en Sevilla, teniendo algunas de sus obras facciones similares a la Patrona malagueña.

Detalle del rostro de la Virgen de la Victoria. Fuente: Twitter Santuario de la Victoria

No hay que dejar pasar por alto una de las teorías que con más fuerza recogen los autores en sus estudios. Se trata de la posibilidad de que la talla que contemplamos fuera regalada por el Emperador Maximiliano I, padre de Felipe de Austria y suegro de la Reina Juana I de Castilla, al Rey Fernando de Aragón. Se sabe que el consuegro de los Reyes Católicos les había enviado desde Flandes un cargamento con pólvora, artilleros y demás elementos para apoyarles en la guerra, además de campanas e imágenes religiosas para las nuevas iglesias que fundasen en las poblaciones que iban conquistando. A pesar de este dato, no se puede afirmar que la talla de la Patrona de Málaga viniera en este cargamento.

Otra de las curiosidades sobre la Virgen de la Victoria es el Niño Jesús que descansa en su rodilla, pues no es el original que tenía la talla. Se trata de una pieza neobarroca que se diferencia del gusto gótico-renacentista del resto de la escultura mariana. Durante el Barroco, Santa María de la Victoria se incorporó al gusto de vestir la imágenes con sendos mantos y ropajes, sacando al Niño de la escultura, que se presentaba de forma independiente, lo que provocó que el original se perdiera. Así fue como los malacitanos la veneraron hasta 1934, cuando se decidió abandonar definitivamente esta práctica tan andaluza y presentar de nuevo la imagen al completo, con toda su policromía, encargando para ello una nueva talla del Niño Jesús para colocarlo sobre su rodilla.

Virgen de la Victoria a finales del siglo XIX. Fuente: Diario Sur

Cabe destacar que la Virgen de la Victoria siempre ha sido considerada la Patrona de Málaga, pero esto no fue reconocido oficialmente por el Papa Pío IX hasta 1867. Cabe destacar que el patronazgo también lo ejerce de la comunidad española de la Orden de Mínimos, que comúnmente se les ha conocido siempre como «vitorios». La imagen fue coronada el 8 de febrero de 1943 por el nuncio apostólico Monseñor Cicognani, siendo la única advocación mariana de la ciudad que cuenta con la distinción de coronación pontificia, recalcando su importancia. Su festividad se celebra cada 8 de septiembre, coincidiendo con la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora.

El Santuario de la Victoria

La primitiva ermita que se construyó por disposición de los Reyes Católicos en el mismo lugar en el que el Rey Fernando había tenido asentado su campamento y donde la leyenda dice que tuvo aquel revelador sueño, fue evolucionando con el paso de los siglos, hasta convertirse en la Basílica, Real Santuario y Parroquia de Santa María de la Victoria que es hoy en día, siendo todavía una de las iglesias más importantes de Málaga, al ser casa y hogar de la devoción a la Patrona de la ciudad. De la primera iglesia que se levantó en el siglo XVI, apenas quedan restos, ya que fue profundamente reformada a finales del siglo XVII y principios del XVIII.

Fachada principal del Santuario de la Victoria: Fuente: Patrimonio de Málaga

El Santuario de la Victoria es un conjunto barroco que destaca por su austera arquitectura exterior, pero que se presenta majestuoso y portentoso en su interior, con multitud de detalles que a los visitantes que se acercan hasta él les provoca un verdadera stendhalazo. Uno de los espacios más destacados, posiblemente el más importante desde un punto de vista religioso, es la torre-camarín. Se trata de toda una novedad que luego fue repetida en otras iglesias de España, un espacio independiente desde donde se puede dar culto a la Virgen, sin necesidad de estar en la nave, pero desde donde también es posible contemplar al mismo tiempo la talla a través de la hornacina central del retablo mayor.

Nave central y altar mayor del Santuario de la Victoria. Fuente: Agrupación de Cofradías de Málaga

En el camarín de la Virgen de la Victoria sobresale la cúpula octogonal de estilo rococó, el principal elemento del espacio que llega incluso a quitar protagonismo a la propia talla. Se trata de un conjunto de yeserías sobre un fondo azul, color tradicionalmente asociado a la Virgen María, con diversidad de formas: desde las vegetales, hasta los querubines tan repetidos en este tipo de espacios. En el zócalo del camarín, diversos azulejos van narrando la intervención de la Virgen de la Victoria en la conquista de Málaga en 1487. Los visitantes quedan impactados, sin saber dónde dirigir la mirada ante la cantidad de arte que se presenta ante ellos.

Cúpula del camarín de la Virgen de la Victoria, en su santuario de Málaga. Fuente: Pinterest

Del mismo modo, nadie que visite el Santuario de la Victoria puede irse sin visitar el Panteón de los Condes de Buenavista. Gozaron del privilegio de ser enterrados en la iglesia ya que, gracias a su patrocinio e intervención, el templo pudo desarrollar la importante reforma a la que se le sometió en el siglo XVIII, siendo lo que hoy en día contemplamos y disfrutamos. La cripta se puede considerar otra obra cumbre del barroco español, toda una oda al arte fúnebre en el que el sentimiento lúgubre se aprecia nada más acceder al espacio. Sus sepulcros están bellamente decorados, pero lo más impactante son las calaveras de yeso que destacan sobre el fondo negro del lugar, en el que todos los detalles están cuidados hasta el extremo.

Cripta de los Condes de Buenavista, en el Santuario de la Victoria. Fuente: Cadena SER

Historia, leyenda, devoción popular y arte giran alrededor de la talla de Santa María de la Victoria. La Patrona de Málaga recuerda con su nombre el triunfo de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón sobre los musulmanes en 1487, cuando les arrebataron uno de los enclaves más importantes del Reino nazarí de Granada, cuya capital también acabó en sus manos en 1492. Los Reyes Católicos no solo legaron a los malagueños la talla de su Patrona, sino también un nuevo capítulo para la larga historia de su ciudad, de uno de los puntos más cruciales del Mediterráneo que siempre nos hace sentir unos auténticos #turistaenmipaís.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

REDER GADOW, M. (2006). La devoción a la Virgen de la Victoria de Málaga durante los tiempos modernos. En Sánchez Ramos, V. (coord.), Los mínimos en Andalucía. IV Centenario de la fundación del Convento de Nuestra Señora de la Victoria de Vera (Almería). Almería: Instituto de Estudios Almerienses. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2329856.pdf

RODRÍGUEZ MARÍN, F. J. (2006). Inicio de la orden de los Mínimos en España: el convento de Nuestra Señora de la Victoria de Málaga. En Sánchez Ramos, V. (coord.), Los mínimos en Andalucía. IV Centenario de la fundación del Convento de Nuestra Señora de la Victoria de Vera (Almería). Almería: Instituto de Estudios Almerienses. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2329860.pdf

La Catedral de las Fuerzas Armadas de España, una joya del arte y la historia en Madrid

Cuando Madrid se convirtió definitivamente en Corte de los reinos españoles durante el reinado de Felipe III, concretamente en 1606, la villa experimentó un crecimiento sinigual, configurándose paulatinamente como una verdadera capital, un trabajo que ya había sido iniciado por su padre, el Rey Prudente. Sin embargo, uno de los personajes fundamentales para entender también todos estos cambios es Francisco de Sandoval y Rojas, Duque de Lerma y valido del monarca que abrió el período de los Austrias Menores. La sombra de este noble estuvo detrás del traslado de la Corte a Valladolid (1601-1606), para luego regresar a Madrid, aunque todo respondió al desarrollo de una auténtica maniobra urbanística para enriquecerse.

En los albores del siglo XVII, y gracias precisamente al hijo del Duque de Lerma, se fundó en la madrileña Calle Mayor el Monasterio del Santísimo Sacramento. Se levantó junto al mismo palacio que la familia había construido en la recién estrenada capital de Las Españas, muy cerca de la desaparecida Iglesia de Santa María de la Almudena, configurando un entorno único con el que se demostraba el poder de este linaje. Su grandeza aún se refleja en la iglesia monacal. Vicisitudes del destino han conducido a que el templo sea actualmente la Catedral de las Fuerzas Armadas de España, uno de los monumentos más desconocidos de Madrid cuya historia, secretos y riqueza artística vamos a descubrir a continuación.

Historia de la Catedral de las Fuerzas Armadas

En el siglo XVII, la Calle Mayor era una de las arterias más importantes de Madrid, ya que conectaba la Puerta del Sol, límite oriental de la villa por aquel entonces, con el Real Alcázar, sede del poder real. Los nobles construían sus palacios en torno a ella, con la finalidad de estar cerca de la residencia de la Familia Real. Cristóbal Gómez de Sandoval Rojas y de la Cerda, primer Duque de Uceda e hijo del famoso primer Duque de Lerma, y ambos validos de Felipe III, dejó impronta también de la grandeza de su linaje y ordenó construir un ostentoso palacio frente a la iglesia en la que recibía culto la patrona de Madrid, la Virgen de la Almudena.

Detalle de la fachada y la cúpula de la Iglesia del Sacramento, actual Catedral Castrense

Las obras del Palacio de Uceda, como así se denominó y que actualmente sirve de sede al Consejo de Estado, comenzaron alrededor de 1610, siendo una de las residencias nobiliarias mejor conservadas de Madrid cuyas trazas responden al final del estilo herreriano, mezcladas ya con el Barroco puro. Para engrandecer el palacio, el Duque de Uceda llevó a cabo la fundación del Monasterio del Santísimo Sacramento en 1615. Imitaba de este modo a los propios Reyes de España, Felipe III y Margarita de Austria-Estiria, que habían erigido el Real Monasterio de La Encarnación junto al Alcázar. De hecho, el Monasterio del Sacramento también contaba con un pasadizo que unía directamente el edificio con el palacio ducal.

La construcción de la iglesia

El 21 de junio de 1615, llegaron desde Valladolid un grupo de monjas bernardas del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana para hacerse cargo de la fundación madrileña promovida por el Duque de Uceda. Las obras de la iglesia monacal del Santísimo Sacramento no comenzaron hasta 1671, estando bajo la supervisión de Bartolomé Hurtado García, arquitecto originario de la localidad madrileña de Parla que firmó los planos del proyecto. Entre 1690-1744, año en que finalizaron, estuvieron al frente Pedro de Ribera y Francisco Esteban. El resultado fue una de los ejemplos más singulares de la arquitectura barroca madrileña.

Fachada de la Iglesia del Sacramento, actual Catedral Castrense de España

A diferencia de otros tantos conventos o monasterios de Madrid, el del Santísimo Sacramento de la Calle Mayor no sufrió las consecuencias de la Guerra de Independencia, el reinado de José Bonaparte ni fue víctima de los procesos desamortizadores de finales del siglo XIX. Como curiosidad, la imagen de la patrona de Madrid, la Virgen de la Almudena, permaneció en la iglesia del monasterio de las madres bernardas tras la demolición de su iglesia de la Calle Mayor, permaneciendo en ella hasta 1911 en que se trasladó a la cripta de la actual catedral.

Atentado a Alfonso XIII y Victoria Eugenia

El 31 de mayo de 1906, se celebró en Madrid la boda real de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg. Lejos de recordar aquella jornada con alegría, un terrible suceso aconteció y tiñó el ambiente de tristeza. Tras el casamiento en la Iglesia de Los Jerónimos, la comitiva partió hacia el Palacio Real, donde se iban a desarrollar los festejos. Mientras el carruaje real pasaba por el actual número 84 de la Calle Mayor, en el tercer piso un anarquista lanzó una bomba camuflada en un ramo de flores.

Monumento en memoria de las víctima del atentado anarquista contra Alfonso XIII en 1906

Mateo Morral fue quien arrojó la bomba que, lejos de caer sobre el carruaje de los Reyes, se desvió al chocar contra el tendido del tranvía y fue directo contra el público que se agolpaba para ver la comitiva real. Murieron veinticinco personas y cientos resultaron heridas, saliendo ilesos Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Hoy en día, un monumento situado frente a la Catedral Castrense recuerda este impactante suceso que aconteció a pocos pasos del pórtico de entrada a la iglesia.

De Iglesia del Sacramento a Catedral Castrense

El Monasterio del Santísimo Sacramento, que había escapado de los franceses y la desamortización, no pudo evitar los estragos de la Guerra Civil (1936-1939). Aunque tres años antes del inicio del conflicto una bomba ya provocó daños en el edificio, durante la contienda quedó prácticamente destruido, lo que obligó a la reconstrucción de las dependencias religiosas. Por su parte, la iglesia monacal fue restaurada por Fernando Chueca Goitia en la segunda década de los años 70, coincidiendo con la demolición definitiva del edifico del monasterio. Aquella decisión marcó un antes y un después en el entorno, ya que fue sustituido por un grupo de viviendas que rompen completamente con la belleza y singularidad castiza de la zona. Solamente se salvó el templo y el Huerto de las Monjas.

Huerto de las Monjas, uno de los pocos restos del monasterio de madres bernardas. Fuente: Secretos de Madrid

Coincidiendo con la demolición del monasterio y la restauración de la iglesia, el Ministerio de Defensa adquirió el monumento en 1979, cediéndolo al Arzobispado Castrense de España, que lo bendijo como Catedral de las Fuerzas Armadas el 25 de junio de 1985. Tres años antes había sido declarada Monumento Artístico Nacional, una distinción que responde a la importancia artística e histórica de esta joya de la arquitectura madrileña de los siglos XVII y XVIII. Todavía hoy se conoce como Iglesia del Sacramento, aunque las monjas bernardas han cedido el testigo a las Fuerzas Armadas, que han hecho de este templo su catedral en España.

Visita a la Catedral Castrense de España

Una vez que hemos descubierto brevemente la historia del antiguo Monasterio del Santísimo Sacramento, cuya iglesia es actualmente la Catedral de las Fuerzas Armadas de España, vamos a adentrarnos en su interior, recorriendo su planta de cruz latina y contemplando sus diversos altares. El templo conserva el gusto barroco propio de la época en que fue levantado, destacando la luminosidad que inunda cada uno de sus rincones. Durante la visita, hay que alzar la vista para apreciar los frescos que decoran las naves y su maravillosa cúpula.

Nave central

Un total de seis altares o capillas, tres a cada uno de los lados, se dan cobijo la amplia nave central de la Catedral Castrense. Todos ellos están conformados por obras de la escuela andaluza en su mayoría. De entre las diversas imágenes, hay que destacar la del Cristo crucificado que se sitúa en la primera capilla izquierda nada más acceder a la iglesia, obra de la escuela sevillana del siglo XVII y atribuido a Francisco de Ocampo. A sus pies, una lápida recuerda a los fallecidos en el accidente del Yak 42 en el que 63 militares españoles perdieron la vida en 2003. De hecho, parte de los restos mortales reposan en la cripta del templo.

Nave central de la Catedral Castrense, conformada por 6 altares con obras de los siglos XVII a XIX

Respecto del resto de altares, están protagonizados por San Francisco Javier, que aparece bautizando a un indio, acompañado de San Judas Tadeo y San Juan Nepomuceno, quien es patrón de la infantería española; un conjunto de la escuela andaluza que representa a la Sagrada Familia; San Antonio, de la escuela vallisoletana; un lienzo del siglo XIX que representa a las Ánimas Benditas del Purgatorio, y un altar dedicado a San Pedro Claver y Santo Toribio de Mogrovejo. Todas ellas son piezas de gran valor artístico que nos indican la importancia histórica que este templo ha tenido en la vida social de Madrid.

Altar mayor

Avanzando por el interior de la Catedral Castrense, llegamos hasta el altar mayor, que rompe el gusto barroco propio del resto del templo. Un retablo neoclásico, custodiado por dos columnas corintias de estuco, representa a los santos Benito y Bernardo adorando al Santísimo Sacramento, advocación a la que se encuentra consagrada la iglesia y el desaparecido monasterio al que un día perteneció. Es una obra de Gregorio Ferro, pintor de cámara de Carlos III y discípulo de Goya. Por su parte, el ático está coronado por la representación del Espíritu Santo, mientras que a cada lado se puede contemplar un tapiz, realizados en 2003: “Conversión del centurión” y “El bautismo del centurión Cornelio por parte de san Pedro”.

El altar mayor está custodiado por dos pequeños retablos a cada lado. A la derecha, San Bernardo, y a la izquierda San Benito. No obstante, lo más importante y destacado se encuentra en sus respectivos áticos, donde podemos contemplar dos lienzos de Luca Giordano, pintor italiano del Barroco que ejecutó para la Iglesia del Santísimo Sacramento de Madrid las obras de «La Sagrada Familia«, sobre San Bernardo, y «La educación de la Virgen«, en el otro extremo y donde podemos ver a San Joaquín y Santa Ana. Estos son dos de los grandes secretos de la Catedral Castrense.

«La educación de la Virgen», obra de Luca Giordano en la Catedral Castrense

Capilla del lado del Evangelio

En el lado del Evangelio, es decir, el crucero o nave izquierda de la iglesia mirando hacia el altar mayor, se da culto a la imagen del Santísimo Cristo de la Fe, popularmente conocido como Cristo de los Alabarderos, una de las devociones más destacadas de la Semana Santa de Madrid. Cada Viernes Santo, la talla, realizada en 2007 y que sustituye a otra anterior, parte en procesión desde el Palacio Real de Madrid para realizar su Estación de Penitencia, viéndose arropada por el cuerpo de Alabarderos.

Detalle del retablo de la Piedad, en la Catedral Castrense

Otro de los altares de la capilla del Evangelio está protagonizado por una maravillosa Piedad de la escuela andaluza del siglo XVIII, de clara inspiración del círculo de Luis Salvador Carmona, acompañada de dos tallas: Santa Teresa de Jesús, del siglo XVII y de trazas similares a las de Gregorio Fernández, y San Pedro de Alcántara, de la escuela de Pedro de Mena. Sin duda, los amantes de la historia del arte tienen un gran lugar al que peregrinar en el centro de Madrid.

Capilla del lado de la Epístola

Para finalizar esta visita virtual que estamos realizando de la Catedral Castrense, nos acercamos hasta la capilla del lado de la Epístola. Se encuentra presidida por un altar dedicado a Nuestra Señora del Patrocinio, talla de vestir que rompe la armonía de escultura de bulto que conforma el resto de altares de la iglesia. Una imagen de la Virgen de Loreto, patrona del Ejército del Aire español, terminan de conformar este rincón de la Catedral Castrense. Por su parte, desde el lado de la Epístola se accede a la Capilla del Santísimo, donde se da culto también a la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia Civil.

Altar de Nuestra Señora del Patrocinio y de la Virgen de Loreto en la Catedral Castrense

Después de haber sobrevivido a la invasión napoleónica, el reinado de José I y la Desamortización de finales del siglo XIX, el Monasterio del Santísimo Sacramento que fue fundado en 1615 por el Duque de Uceda fue sentenciado en la Guerra Civil. Su iglesia se salvó de la destrucción, siendo hoy en día uno de los grandes secretos de Madrid que pasa desapercibido para muchos turistas, que encaminan su visita hacia la Catedral de la Almudena, obviando la otra catedral de la villa, la de las Fuerzas Armadas de España. Recorriendo su interior, contemplando sus obras de arte y descubriendo su historia, nos sentimos unos auténticos #turistaenmipaís.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ANTON BARCO, M., TEJELA JUEZ, J. (2010). El Monasterio del Santísimo Sacramento. Revista Madrid Histórico (26), pp. 50-57. Recuperado de: https://repositorioinstitucional.ceu.es/bitstream/10637/3171/1/Monasterio_M_Anton_Madrid_His_2010.pdf

TOVAR MARTÍN, V. (1975). Bartolomé Hurtado, aparejador mayor de obras reales, en el monasterio del Sacramento de Madrid. Villa de Madrid (45-46), pp. 25-36. Recuperado de: http://www.memoriademadrid.es/download.php?nombre=hem_villademadrid_n045-046.pdf&id=./doc_anexos/Workflow/0/19334/hem_villademadrid_n045-046.pdf

Visitar castillos en la Comunidad de Madrid es posible: una ruta por las 10 mejores fortalezas medievales de la región

El actual escudo de la Comunidad de Madrid está conformado por dos castillos que representan la situación geográfica que ocupa entre Castilla y León y Castilla-La Mancha. Sin embargo, también recuerda el pasado histórico de la actual autonomía, que formó parte de la Corona de Castilla durante siglos. Todo ellos nos hace pensar que, al igual que en las comunidades colindantes, la región madrileña también cuente con un importante legado patrimonial en forma de castillos, como así verdaderamente ocurre. Son muchos los madrileños que, al pensar en las fortalezas que pueden visitar en la comunidad, solamente recuerdan el Castillo de los Mendoza de Manzanares el Real. Sin embargo, hay otros muchos más castillos que se pueden visitar en la Comunidad de Madrid, sin necesidad de cruzar las fronteras ni desplazarnos a visitar los de las Castillas vecinas.

La historia de la Comunidad de Madrid se viene escribiendo desde hace siglos. Que en ella se encuentra la capital del país desde tiempos de Felipe III impulsó el protagonismo de la región en el conjunto del país, aunque ya en el período medieval tuvo un papel fundamental también en el devenir de la entonces Castilla. Fruto de ello, hoy en día se conserva un importante legado de castillos, atalayas y fortificaciones que sirvieron de defensa a las villas que protegían y que, todavía hoy, son los guardianes de la comunidad y testigos vivos de su historia. ¿Te vienes a descubrir algunos de los más importantes y espectaculares?

Historia y evolución de los castillos madrileños

En 1085, Alfonso VI de León recuperaba Toledo, obligando a los musulmanes a retroceder todavía más al sur de la península Ibérica. Con ello, la actual Comunidad de Madrid se integró al Reino de León. Vicisitudes del destino conllevaron que la región pasara a integrarse al de Castilla posteriormente, a cuya Corona se vio ligada definitivamente su historia. Con la conquista del territorio madrileño, la prioridad fue garantizar la defensa del nuevo territorio conquistado, para lo cual no solo se reaprovecharon las fortificaciones andalusíes, sino que se emprendió la construcción de nuevas fortalezas, destacando de este período –siglos XII a XIV– el recinto amurallado de Buitrago del Lozoya o el Castillo de Villarejo de Salvanés, entre otros.

Panorámica del conjunto histórico de Buitrago del Lozoya

Las residencias señoriales fortificadas eran construidas por nobles que aseguraban el poder real de la Monarquía sobre la jurisdicción que regentaban. Se trataba de edificios sencillos, alejados de la idea de palacio que se instalaría en los siglos venideros, ya que, al ser la Corte era itinerante y no habitar en ellos permanentemente, no precisaban grandes residencias, prevaleciendo el poder defensivo. Las últimas fortificaciones medievales que se levantaron en la actual Comunidad de Madrid se construyeron en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna –siglos XV y principios del XVI–. En este momento, la región, al igual que el resto de Castilla, comenzaba a dejar atrás el Medievo para introducirse plenamente en el Renacimiento.

El desaparecido Real Alcázar de Madrid evolución de fortaleza medieval a suntuoso palacio. Fuente: Museo de Historia de Madrid

Durante el siglo XVI, se produjo el ocaso de los castillos y fortalezas coincidiendo con la creación del Estado Moderno durante el reinado de los Reyes Católicos, que promulgaron algunas ordenanzas que prohibían la fortificación de villas y ciudades. Además de este factor político, también contribuyó a ello el cambio social: la nobleza continuó ejerciendo poder sobre sus jurisdicciones hasta el siglo XIX, pero desde lujosos y cómodos palacios en las zonas urbanas, especialmente Madrid, capital del reino, abandonando el entorno rural. También la creciente burguesía optó por construir ricas casas en la ciudad, conformado un legado artístico único que, desgraciadamente, en muchos casos no se conserva.

Castillos en la Comunidad de Madrid

De las fortalezas levantadas a lo largo de la Edad Media y principios del siglo XVI en la Comunidad de Madrid todavía perduran importantes muestras. Mientras que algunas presentan un estado de conservación excepcional, otros muchos castillos solamente mantienen el recuerdo de algunos de sus torreones o murallas, de lo que un día fueron. Tal y como vemos en el mapa que mostramos a continuación, todos ellos se distribuyen por diversos puntos de la región madrileña, siendo los 10 más espectaculares que han llegado prácticamente íntegros hasta nuestros días.

Castillo de los Mendoza (Manzanares El Real)

Símbolo y estandarte del pasado medieval de la Comunidad de Madrid, el Castillo de los Mendoza, ubicado en la localidad de Manzanares El Real, fue construido en el siglo XV por la poderosa familia Mendoza, en plena Sierra de Guadarrama, siendo uno de los monumentos de la Edad Media mejor conservados de España. Su estilo recuerda al gótico-isabelino, lo cual se explica en que Juan Guas, arquitecto del período de los Reyes Católicos, intervino en la realización del mismo. Fue este mismo maestro el que diseñaría también el Palacio del Infantado, en Guadalajara, para los mismos propietarios.

El castillo de Manzanares El Real fue construido por la familia Mendoza en el siglo XV

El castillo de Manzanares El Real, aunque también con intenciones militares, se concibió en un momento en el que ya primaba el uso palaciego. Fue levantado sobre una antigua iglesia, de la que se conservan restos de estilo románico y mudéjar. Tres torres cilíndricas se elevan en cada una de sus esquinas, mientras que la que cierra su planta es cuadrada. Su patio de armas es porticado y a través de él quedan organizadas sus amplias estancias, que hoy acogen una colección de tapices del siglo XVII. El Castillo de los Mendoza continúa siendo propiedad de sus constructores, aunque su gestión y uso está cedido a la Comunidad de Madrid. De hecho, en este monumento se forjó la actual autonomía madrileña, ya que sirvió de escenario para la firma de su Estatuto en 1982.

Alcázar de Buitrago del Lozoya

En la Comunidad de Madrid, la familia Mendoza también dejó su huella en Buitrago del Lozoya. Esta villa, situada a los pies de la Sierra de Guadarrama, pasó a manos de esta casa nobiliaria en el siglo XIV, manteniéndose bajo su jurisdicción hasta el XIX. Ya en tiempos de dominación musulmana, se cree que existía una fortaleza para defender este punto estratégico y en torno a la cual comenzaría a crecer esta población tras la conquista cristiana en 1085. En el siglo XV, se levantó a instancia de los Mendoza el alcázar o castillo actual, adosado a la muralla, con una clara orientación palaciega, convirtiéndose en una residencia clave de su patrimonio.

Panorámica del alcázar o castillo de Buitrago del Lozoya, adosado a la muralla. Fuente: Turismo Madrid

Actualmente, apenas se conserva la portentosa estructura de este alcázar construido a finales del período medieval que ya avanzaba los gustos palaciegos del Renacimiento. Construido mayoritariamente en piedra y ladrillo, su planta rectangular estaba protegida hasta por siete torres y se organizaba alrededor de un patio de armas. Ricas yeserías y techumbres formaban parte de este castillo palaciego desde el que los Mendoza gobernaban Buitrago del Lozoya y que, gracias a las labores de restauración, está tratando de recuperar su historia a través de sus cimientos. No hay que olvidar que este castillo sirvió de residencia también a la Reina Juana de Avis o su hija Juana de Trastámara, «La Beltraneja», muy ligada a esta villa de la Sierra de Guadarrama.

Castillo de La Coracera (San Martín de Valdeiglesias)

Don Álvaro de Luna es uno de los personajes fundamentales de la historia de la Corona de Castilla en el siglo XV, como valido de Juan II. A él se debe precisamente la construcción del Castillo de La Coracera, en la localidad de San Martín de Valdeiglesias, cuyo señorío adquirió por unos 30.000 maravedíes en torno a 1434. No obstante, hay fuentes que sostienen que pudo existir una fortaleza anterior de tiempos de Alfonso VIII de Castilla, sobre la que se construiría el actual castillo que todavía hoy contemplamos casi seis siglos más tarde.

Castillo de la Coracera, en San Martín de Valdeiglesias. Fuente: Traveler

Tras la caída en desgracia y la decapitación de Don Álvaro de Luna, el Castillo de La Coracera pasó por diversas manos. Se apunta que la propia Reina Isabel «La Católica», tras pactar con su hermano Enrique IV la paz de Castilla en el encuentro que tuvo lugar en Guisando en 1468, disfrutó de una estancia en este castillo. Su torre del homenaje destaca por su robustez, acompaña de otras dos. El patio de armas sirve como eje central para configurar la distribución de sus estancias, entre las que se encuentra su bodega o la capilla. Esta última, con una portada de estilo gótico flanqueada por dos leones. Gracias a su historia, su arquitectura y el entorno natural en el que se ubica, la visita a este monumento no deja indiferente a nadie.

Castillo de Villarejo de Salvanés

Como decíamos, de los diferentes castillos que se construyeron en la Comunidad de Madrid a lo largo de la Edad Media han conseguido llegar hasta nuestros días totalmente íntegros un grupo reducido. No obstante, de otros se conserva una buena parte de su estructura, como es el caso de la fortaleza de Villarejo de Salvanés. Del castillo de esta localidad situada en el sureste de la región madrileña se mantiene en pie su torre del homenaje, una de las más características de España. Son más de 20 metros de altura divididos en cuatro alturas, reforzada con cubillos y matacanes.

Torre del homenaje del castillo de Villarejo de Salvanés. Fuente: Asociación Española de Amigos de los Castillos

El origen del castillo de Villarejo de Salvanés se diluye en el tiempo, aunque la gran mayoría de los estudios lo sitúan en torno al siglo XII-XIII. Su finalidad era reforzar la defensa de las fronteras de Castilla frente a los musulmanes, en pleno período de Reconquista. En tiempos de Felipe II, la fortaleza todavía continuaba en pie, contando también con un buen aposento conformado hasta por mármoles italianos. Por este monumento del que solo se conserva la robusta torre del homenaje han pasado personajes como Juan Martín Díez «El Empecinado», héroe de la Guerra de Independencia, además de haber servido como sede del Tribunal Especial de las Ordenes Militares.

Castillo de Aulencia (Villanueva de la Cañada)

El Castillo de Aulencia, situado en el término municipal de Villanueva de la Cañada, a pesar de contar con la declaración de Bien de Interés Cultural, forma parte de la Lista Roja del Patrimonio de Hispania Nostra, como consecuencia del estado ruinoso que presenta actualmente. El origen de la fortaleza se podría encontrar en los albores de la dominación musulmana de la Comunidad de Madrid. No obstante, con la recuperación cristiana el castillo continuó utilizándose, como así se tiene constancia durante el reinado de Juan II de Castilla, padre de la Reina Isabel.

Restos del Castillo de Aulencia, en Villanueva de la Cañada. Fuente: Minube

El castillo de Villanueva de la Cañada no sobresale por sus dimensiones. Presenta una planta cuadrada en la que la torre del homenaje es el principal elemento que se conserva, situada en una de las esquinas y protegida por la ruinosa barbacana que se mantiene en pie con dificultad. No se tienen demasiados datos de esta fortaleza, aunque en el siglo XX, durante la Guerra Civil, fue bombardeado, como consecuencia de que en él se refugiaba una brigada rusa que apoyaba al bando republicano. Hoy en día, su intervención es decisiva para evitar que acabe engrosando la lista del patrimonio desaparecido de la Comunidad de Madrid.

Castillo de La Alameda (Madrid)

En el distrito de Barajas se erige desde mediados del siglo XV el Castillo de La Alameda, el único que podemos encontrar en la propia ciudad de Madrid. Su construcción se debe a la familia Mendoza, quien obtuvo este territorio, ocupado desde la Edad de Bronce y con restos también de época romana, para incorporarlo a sus dominios durante el reinado de Juan I de Castilla. Se levantó en un momento muy convulso para la historia del reino por los enfrentamientos armados que se vivían. De hecho, durante la Guerra de Sucesión castellana entre Isabel La Católica y su sobrina Juana, el castillo sirvió de refugio a parte de los partidarios de la hija de Enrique IV, entre ellos Juan Zapata, Señor de Barajas.

Torre del homenaje del Castillo de La Alameda, en el distrito de Barajas. Fuente: Turismo Madrid

El Castillo de La Alameda, de reducida dimensión, fue reformado para darle un aire más palaciego durante el Renacimiento. De hecho, su foso fue utilizado para ubicar en él un jardín en el siglo XVI. Diversas personalidades se han hospedado alguna vez entre sus muros, como Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, o la Reina Margarita de Austria-Estiria en 1599, cuando hizo parada en él en su camino a Madrid para contraer matrimonio con Felipe III. Los siglos fueron sucediendo y con la llegada de la Guerra Civil, el castillo fue escenario de la Batalla del Jarama, sufriendo graves daños. Hoy en día, tras haber sido restaurado, se configura como un museo al aire libre, ubicado en un parque público en el que repasar su pasado.

Castillo de Torremocha (Santorcaz)

El Castillo de Torremocha, en la localidad de Santorcaz, fue construido en el siglo XIV, por orden de Pedro Tenorio, Arzobispo de Toledo, sobre una construcción anterior de la que apenas se conservan datos. Su función era servir de residencia para los arzobispos, pero a mediados del siglo XV se transformó en cárcel, entre cuyas celdas llegó a estar el Cardenal Cisneros o Ana de Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli, trasladada aquí desde Pinto.

Castillo y campanario de la iglesia de Santorcaz. Fuente: JRA 3 – Flickr

De la estructura primitiva del castillo de Santorcaz, apenas han llegado hasta nuestros días algunos restos de sus murallas y torres defensivas. En el siglo XVIII todavía se encontraban en pie tres de ellas. Cabe destacar que la Iglesia de San Torcuato se encuentra integrada dentro del recinto del castillo, presentando también un carácter fortificado. Su origen se remonta al siglo XIII, lo que demuestra nuevamente la larga historia de esta localidad madrileña que bien merece una excursión.

Castillo de Batres

Uno de los castillos más famosos de la Comunidad de Madrid, tanto por los eventos que se celebran en él como por las veces que ha servicio de espacio de rodaje para series de televisión, es el de Batres. Fue levantado al final de la Edad Media, entre los siglos XV y XVI, por lo que se enmarca en el estilo renacentista. Se sitúa en un ambiente puramente bucólico, rodeado de un bosque que arropa y protege a este monumento declarado Bien de Interés Cultural. Su portada principal es de estilo gótico isabelino, mientras que su patio central sigue los preceptos renacentista del plateresco.

Torre del homenaje del castillo de Batres desde sus jardines. Fuente: Facebook Castillo de Batres

El castillo de Batres es de planta cuadrada y sus estancias se organizan a través de su patio de armas. La torre del homenaje es la parte más antigua del edificio, realizada en ladrillo cocido, y reflejada en la fuente de sus jardines parece todavía más esbelta de lo que ya es. El poeta Garcilaso de la Vega, que fue Señor de Batres, habitó el castillo y en él compuso alguno de sus versos más sobresalientes. Con sus ecos literarios y el encanto de su entorno, hoy este castillo es el mejor escenario para bodas, eventos y grandes celebraciones, aunque se puede visitar por el exterior.

Castillo de los Condes de Chinchón

El antecedente del Castillo de los Condes, en Chinchón, se encuentra en una fortaleza medieval anterior desde la que la familia Cabrera, cercanos a los Reyes Católicos, gobernaban la villa, como señores de ella que eran. Sin embargo, la Guerra de las Comunidades de Castilla provocó que la fortaleza quedase muy deteriorada y en ruinas, por lo que el tercer conde de Chinchón, Diego Fernández de Cabrera y Bobadilla, ordenó demoler la estructura que quedaba en pie y construir a finales del siglo XVI una nueva residencia de aspecto palaciego, propia del Renacimiento.

Panorámica exterior del castillo de los Condes de Chinchón. Fuente: Turismo Madrid

La planta cuadrada del castillo de Chinchón estaba protegida en sus esquinas por torres circulares, y su interior debió de ser bastante ostentoso. Durante la Guerra de Sucesión española, a comienzos del siglo XVIII, fue ocupado por el bando austríaco, pero fue la Guerra de Independencia, un siglo después, la que provocó su ocaso definitivo. Durante el siglo XX, fue utilizado como fábrica de licores y, actualmente, aunque está declarado Bien de Interés Cultural, no se puede visitar su interior como consecuencia del peligroso estado que presenta. No hay que olvidar que en Chinchón también puede visitarse el Castillo de Casasola, datado del siglo XV y en estado ruinoso.

Castillo de Puñonrostro (Torrejón de Velasco)

En la primera mitad del siglo XV se construyó el Castillo de Puñonrostro. Esta fortaleza de peculiar nombre se encuentra situada en Torrejón de Velasco y evolucionó del uso defensivo al palaciego a lo largo de su historia. Además, en el siglo XVI se convirtió también en prisión para personalidades importantes, como ocurrió con el de Santorcaz que hemos comentado anteriormente. Carlos I de España y Francisco I de Francia parece que se alojaron con él en su travesía a Illescas. Tras su ocaso en el siglo XVIII, pasó a ser una fábrica de jabones. Hoy en día, sus muros, su portentosa torre del homenaje y los susurros de su pasado se van recuperando paulatinamente gracias a las labores de restauración y consolidación del monumento.

Castillo de Torrejón de Velasco, en fase de restauración. Fuente: Txemari – Flickr

Como hemos visto, la Comunidad de Madrid es también tierra de castillos, al igual que sus vecinas regiones castellanas. Distribuidos por diversos puntos de su geografía, los castillos que hemos descubierto en esta ruta son los testigos vivos de un territorio que continúa escribiendo su historia, mirando con orgullo a su pasado. Los nombres de reyes, condes o señores forman parte de este legado cultural, siendo actualmente los turistas los que disfrutan de este rico patrimonio. Mientras que algunos gozan de un estado de conservación excepcional, otros precisan de un proceso de restauración urgente para devolverles su grandeza, pero de lo que no cabe duda es de que todos ellos nos hacen sentir unos auténticos #turistaenmipaís.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Comunidad de Madrid (2015). Guía castillos de Madrid. Madrid: Dirección General de Turismo. Recuperado de: https://turismomadrid.es/images/Contenido/organizate/quioscopublicaciones/GUIA_CASTILLOS_DE_MADRID.pdf

García de Paz, J.L., y Herrera Casado, A. (2009). Castillos y Fortalezas de la Comunidad de Madrid. Guadalajara: Aache Ediciones.

IMAGEN DE PORTADA

Fundación Castillo de la Coracera (2020). Castillo de la Coracera [imagen]. Recuperada de: https://www.castillodelacoracera.com/

La Basílica de San Isidoro de León, cuna del parlamentarismo y joya del románico español

Los monumentos no solo sobreviven al paso de los siglos por la unión de la argamasa de sus piedras. En la gran mayoría de los casos, los verdaderos pilares que los sostienen son los de la historia, configurándose como testigos vivos y narradores del devenir de los tiempos. Uno de los lugares de España en los que mejor se produce está mágica unión de arte, cultura e historia es la Basílica de San Isidoro, situada en León. Hasta ella peregrinan los turistas que visitan esta ciudad del norte de la península Ibérica con la finalidad de contemplar y descubrir uno de los tesoros románicos mejor conservados del país, pero también para conocer los murmullos de la historia que todavía hoy susurran sus muros, protagonizados principalmente por reyes, reinas o infantas de la legendaria monarquía leonesa.

Sin embargo, la Basílica de San Isidoro no solo es uno de los monumentos más visitados de León por su importancia artística, sino porque en ella nació también el parlamentarismo. Este último dato es mucho menos conocido que los impresionantes frescos románicos del panteón real o que el famoso cáliz de doña Urraca que custodia el museo de la basílica, pero es fundamental para entender el devenir social y las raíces en las que se asienta nuestra sociedad actual. Este y otros muchos secretos son los que vamos a poner al descubierto a continuación. ¿Te vienes a conocer la Basílica de San Isidoro de León?

Historia de la Basílica de San Isidoro de León

Los orígenes de la Real Colegiata Basílica de San Isidoro son difusos, pero la gran mayoría de los estudios coinciden en situarlos en la segunda mitad del siglo X. El fervor por las reliquias siempre ha estado ligado a este recinto religioso leonés, lo que, sin lugar a dudas, atrajo la atención de una sociedad profundamente cristiana y temerosa de los mandatos divinos. San Pelayo, que no debe confundirse en ningún caso con el héroe astur que dio comienzo al denominado período de la Reconquista, fue un niño cristiano martirizado en Córdoba en tiempos de Abderramán III cuya devoción se extendió por la vieja Europa.

Torre románica de la Basílica de San Isidoro coronada por un gallo, símbolo de la ciudad de León

El todavía naciente Reino de León, en proceso de consolidarse, quiso aprovechar la devoción por San Pelayo y, reinando Sancho I de León «El Craso», solicitaron los restos a los musulmanes de Córdoba, con la finalidad de darles culto y honrarle. Este fue el hecho que motivó el levantamiento de un primer monasterio puesto bajo su advocación. Se construyó junto a la muralla romana y la antigua iglesia dedicada a San Juan Bautista, colocándose en él las reliquias en 967. No obstante, veinte años más tarde, aproximadamente, se trasladaron a Oviedo, donde todavía permanecen. Sin embargo, fueron las tropas musulmanas comandadas por Almanzor, que arrasaron León en 988, las que acabaron con este lugar de culto, así como con prácticamente toda la ciudad.

Nave románica de la Basílica de San Isidoro de León

Alfonso V de León, que reinó entre 999 y 1028, tuvo que llevar a cabo la reconstrucción de la capital, devastada tras el paso de Almanzor. En lo que se refiere al monumento del que estamos hablando, levantó de nuevo la iglesia y monasterio utilizando materiales pobres, como el ladrillo y el barro, poniéndola bajo la advocación de San Juan Bautista. Tenemos que esperar al reinado de su hija, Sancha I de León, que se casó con el Conde de Castilla, Fernando I de León, para comenzar a vislumbrar la obra que contemplamos en la actualidad. Ambos decidieron demoler el sencillo templo y emprender una nueva y portentosa obra en piedra, una verdadera iglesia palatina adosada a su residencia en la que convergiera poder real y religioso.

La Capilla Mayor gótica de la basílica custodia los restos de San Isidoro en una urna de estilo neoclásico

Siguiendo la estela de sus antepasados, Sancha I y Fernando I decidieron dotar de mayor importancia a su recién fundada iglesia. Para ello, emprendieron negociaciones con la taifa musulmana de Sevilla y solicitaron el traslado de las reliquias de Isidoro de Sevilla, quien había sido arzobispo de la actual capital andaluza en el siglo VII y era venerado como santo. Los restos llegaron a León a finales de 1063. Concretamente, el 21 de diciembre de ese mismo año se produjo la consagración de la iglesia a su nueva y actual advocación: San Isidoro. Comenzaba así un nuevo capítulo en la historia de este importante templo. Las reliquias se encuentran situadas en una urna en el altar mayor, en la principal capilla de la basílica que fue reformada en estilo gótico en el siglo XVI.

San Isidoro y Urraca de Zamora

Los reyes Sancha I y Fernando I habían configurado también la Basílica de San Isidoro como cementerio real. Sin embargo, se debe a su primogénita, la infanta Urraca, que también fue Señora de Zamora y protagonista del Cantar del Mío Cid, no solo la ampliación de la magna obra de sus padres, sino la creación definitiva del Panteón Real. Del mismo modo, se le atribuye la magnífica e impresionante decoración de dicha cripta. Doña Urraca llevó a cabo la ampliación de la iglesia, destacando que bajo su patrocinio se ejecutaron las puertas del Cordero, Norte y Perdón. La primera de las tres es la más famosa de todas, siendo por la que acceden feligreses y visitantes al templo. Se encuentra custodiada por las esculturas de San Isidoro y San Pelayo, advocaciones ligadas a la historia del monumento, y, como curiosidad, no hay que perder de vista los signos del zodíaco, que también forman parte de la escena.

La Puerta del Cordero es la utilizada por los visitantes para acceder a la Basílica de San Isidoro

Respecto al Panteón Real, en él se conserva el espíritu del Reino de León, que permaneció como reino independiente desde el año 910, cuando se produjo el traslado de la capital del Reino de Asturias de Oviedo a León, hasta 1230, cuando, bajo la figura de Fernando III «El Santo», se produjo la unión de Castilla y León. En la regia cripta de la Basílica de San Isidoro descansan 11 reyes, 12 reinas, 10 infantes, 9 condes y varios nobles, todos ellos bajo los impresionantes frescos del siglo XII que reciben el sobrenombre de Capilla Sixtina del arte románico. Se presentan como un auténtico cómic de vivos colores y ausencia de perspectiva que repasa los grandes momentos del Cristianismo, desde la Anunciación hasta el Apocalipsis de San Juan. Tampoco hay que perder de vista los capiteles, cuyas representaciones confirman la carga simbólica y religiosa de esta regia sala.

Frescos románicos del Panteón de Reyes de la Basílica de San Isidoro, coronados por un pantocrátor

Si hablamos de Urraca de Zamora y la Basílica de San Isidoro, tenemos que hacerlo también de otra de las reliquias más famosas que todavía custodia este histórico monumento. Se trata del Cáliz de Doña Urraca, el que algunas investigaciones afirman que es el auténtico Santo Grial, es decir, el cáliz utilizado por Cristo en la Última Cena el día de Jueves Santo.

Cáliz de Doña Urraca, reliquia de la Basílica de San Isidoro de León. Fuente: León Noticias

Teorías a un lado, el Cáliz de Doña Urraca es una espectacular pieza de orfebrería cuyo origen se encuentra en dos cuencos de ágata, datados del siglo I d. C., enriquecidos con las joyas de la propia infanta leonesa: desde amatistas y rubíes, hasta zafiros y esmeraldas. Su nombre aparece escrito en la base: «En nombre del Señor, Urraca hija de Fernando«. Esta pieza se expone en la primera altura de la torre campanario de la basílica. Nadie que visite el complejo de San Isidoro puede irse sin contemplarla, siendo la joya por excelencia de todo el Tesoro de los Reyes que todavía custodia este histórico monumento. Entre ellas, destaca también una caja de asta de reno cuya peculiaridad reside en ser la única pieza de arte vikingo de España.

Cuna del parlamentarismo europeo

La historia de la Basílica de San Isidoro continuó escribiéndose al unísono de la del Reino de León. En 1188, fue escenario de uno de los acontecimientos más importantes de la Corona leonesa. En febrero de ese mismo año, había ascendido al trono Alfonso IX de León, que contaba solo dieciséis años. Sin embargo, fue coronado rey de un reino inestable marcado por el ambiente hostil: luchas internas por el poder, presión fronteriza con el cada vez más poderoso Reino de Castilla, sin olvidar también a portugueses y almohades, y la crisis económica que afectaba a las arcas reales.

Representación de Alfonso IX de León en un cartulario medieval de la Catedral de Santiago de Compostela. Fuente: Wikimedia

El León sobre el que gobernó Alfonso IX nada tenía que ver con la extensión de la actual provincia, sino que abarcaba también Asturias, Galicia, Salamanca, Zamora y hasta Extremadura. No hay que olvidar que el Reino de León es uno de los reinos históricos que componen la actual España, de ahí que sus armas formen parte de un cuartel del escudo que acompaña la bandera española. Para tratar de solventar los problemas de toda esta extensión de territorio, Alfonso IX decidió convocar Cortes. Sin embargo, y por primera vez en la historia, el pueblo o tercer estamento también participó en ellas. Tras ello, otros reinos europeos se sumarían a esta tendencia, como Inglaterra en 1215.

Las Cortes fueron convocadas para el 18 de abril de 1188, reuniéndose en el claustro de la Basílica de San Isidoro, bajo la presencia del Rey. Entre las ciudades representadas estaban León, Oviedo, Salamanca, Ciudad Rodrigo, Zamora, Astorga, Ledesma o Benavente, entre otras. La novedad fue la participación del pueblo, pero había una razón detrás de todo ello. La dura crisis económica que sufría el Reino obligó a Alfonso IX a contar con ellos para resolver la situación. A cambio, mejoró la administración de justicia y eliminó los abusos del poder de la nobleza.

Claustro de San Isidoro, reformado en estilo neoclásico en el siglo XVIII. Fuente: Cadena SER

Todos los Decreta o leyes que se aprobaron y que estaban encaminadas a proteger a los ciudadanos y sus bienes contra el poder de la nobleza, el clero y el propio monarca ampliaron los que ya se habían recogido en el Fuero de Alfonso V. De este modo, se dio forma a la Carta Magna Leonesa, el resultado de las Cortes de 1188. En ella se describen los derechos individuales, considerándose precedente de la Declaración Universal de los Derechos del Individuo de la Revolución Francesa e, incluso, de la propia Declaración Universal de Derechos Humanos (1948).

Estatua de Alfonso IX de León junto a la Basílica de San Isidoro

Tal es el alcance e importancia de lo acontecido en la Basílica de San Isidoro en 1188 que la UNESO reconoció dichas Cortes y la Carta Magna Leonesa como Memoria del Mundo, al tratarse del “testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo”. Además, en 2011 la Junta de Castilla y León concedió a la la ciudad de León la distinción de “Cuna del Parlamentarismo”, lo que también fue reconocido por las actuales Cortes españolas el 20 de marzo de 2019, con un acto en el Congreso de los Diputados.

Visita imprescindible en León

El románico es la seña de identidad de la Basílica de San Isidoro de León, un monumento fundamental para comprender la evolución de este histórico reino de la península Ibérica. Aunque el paso del tiempo le fue engrandeciendo, la Guerra de Independencia provocó diversos daños, especialmente en el panteón real, aunque las diversas restauraciones e intervenciones que se llevan a cabo de forma continuada hacen de este lugar una de las grandes joyas del patrimonio artístico e histórico español. Junto con la catedral, la Basílica de San Isidoro es un imprescindible de la ciudad leonesa, y nadie que la visite puede irse sin acceder a su interior para dejarse cautivar por los secretos que hemos descubierto, así como por otros muchos más que esperan en el recorrido guiado.

Fachada de la Basílica de San Isidoro de León. Fuente: Bekia Viajes

Visitando las diversas salas de la Basílica de San Isidoro, los turistas no solo conectan con la historia del Reino de León, sino también con la de todo un continente. Cuna del parlamentarismo europeo, este espacio fue escenario del nacimiento del sistema parlamentario, en el que el pueblo debe configurarse como su verdadero espíritu y motor, como así se entendió en las Cortes leonesas de 1188. Lo acontecido en León el 18 de abril de aquel año no debería dejar de recordarse ni ensalzarse nunca, porque nos ayuda a explicar la evolución que hemos ido experimentando como sociedad, además de hacernos sentir unos auténticos #turistaenmipaís.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ARVIZU Y GALARRAGA, F. (1995). Más sobre los decretos de las Cortes de León de 1188. Anuario de historia del derecho español (63-64), pp. 1193-1238. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=134605

UTRERO AGUDO, M. A., MURILLO FRAGERO, J. I. (2014). San Isidoro de León. Construcción y reconstrucción de una basílica románica. Arqueología de la arquitectura (11). Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5013995

La desaparecida Virgen de la Soledad de Gaspar Becerra, origen de una iconografía propia de la Semana Santa española

La Semana Santa es una de las tradiciones populares más importantes de España. La riqueza y la variedad cultural con la que cuenta el país se refleja también en las diferentes celebraciones que se desarrollan por toda su geografía durante los días en los que los cristianos recuerdan la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Las procesiones son el elemento principal de la Semana Santa española. Estos cortejos no se entenderían sin las imágenes que salen a las calles para hacer manifestación pública de fe. De entre las diversas advocaciones que podemos encontrar de Cristo y la Virgen María, en lo que respecta a esta última cabe destacar la de La Soledad, que evoca la desolación de la madre que ha perdido al hijo, muerto en la cruz.

La imaginería religiosa se ha servido de los pasajes de las Sagradas Escrituras para, a través del arte, narrar los principales acontecimientos que en ellas tienen lugar. España es uno de los países de la Cristiandad en los que más intensamente se ha desarrollado todo ello, con grandes escultores, y también escultoras, que ocupan un lugar privilegiado en la Historia del Arte y cuyo legado está presente en altares o vitrinas de museos de todo el país, e incluso fuera de nuestras fronteras. Uno de los primeros nombres fue el del andaluz Gaspar Becerra, que desarrolló su obra durante el Renacimiento.

Medallón de Gaspar Becerra en el Museo Nacional del Prado. Fuente: Wikimedia

La herencia de Gaspar Becerra está repartida por diversos puntos de España, y en algunos casos se ha perdido fruto de guerras o expolios, lo que ha provocado que su nombre se haya visto eclipsado por otros imagineros posteriores. Sin embargo, a Becerra la Semana Santa de España le debe mucho, ya que fue el artista que trazó el primer modelo y representación de la advocación mariana de La Soledad de la Virgen, marcando una pauta que se repitió después por otros escultores en todo el país y que todavía hoy vemos cada Semana Santa en andas, tronos y carrozas de multitud de cofradías. Sin embargo, aquella primitiva obra que tanta devoción despertó se perdió durante la Guerra Civil. A continuación, descubrimos su historia.

El origen de la advocación a La Soledad

Aunque la advocación y representación escultórica de Nuestra Señora de la Soledad tiene un origen español, desde un punto de vista teórico sus raíces se encuentran en el último de los Siete Dolores de la Virgen. De acuerdo con la tradición, a comienzos del siglo XIV la Virgen se manifestó a través de Santa Brígida y reveló al mundo sus siete dolores a través de siete espadas clavadas en su corazón, haciendo alusión a siete pasajes duros de su vida al lado de su hijo, Jesucristo. Por su parte, la Orden de los Servitas fue la encargada de extender la meditación y el recogimiento en torno a los Siete Dolores de la Madre de Dios, cuya festividad del 15 de septiembre fue oficialmente impuesta por el Papa Pío VII en 1815, sin olvidar el recuerdo del Viernes de Dolores previo al Domingo de Ramos.

La Dolorosa de la Vera Cruz, obra de Gregorio Fernández y titular de la Cofradía de la Vera Cruz de Valladolid

El séptimo dolor hace alusión al entierro de Cristo en el sepulcro, que se traduce precisamente en la soledad de la Virgen María, recordando el calvario vivido por su hijo y esperando su gloriosa resurrección. Dada la extensión que se produjo de la devoción a Nuestra Señora de los Dolores de la mano principalmente de los Servitas, es posible confundir su iconografía con la de la Soledad. Esta última se caracteriza por representar a una Virgen que es viuda y madre, caracterizada por el luto y la serenidad en su mirada, alejada del dolor y la mirada rasgada de los siete puñales que atraviesan a la Dolorosa.

Isabel de Valois (1545-1568) contrajo matrimonio en 1559 con Felipe II, en cumplimiento del Tratado de Cateau-Cambrais que asentó la paz entre Las Españas y Francia. Era tan solo una niña de trece años cuando cruzó la frontera de los Pirineos para comenzar una nueva vida al lado del Rey más poderoso de todo el mundo en aquel momento. El monarca decidió que la Condesa viuda de Ureña se convirtiera en la camarera mayor de su joven esposa, un personaje que también forma parte de la historia de La Soledad de Becerra. Entre su ajuar, Isabel de Valois trajo consigo un cuadro en el que se representaba Las Angustias y Soledad de la Virgen, arrodillada y rezando ante la cruz desnuda.

Retrato de Isabel de Valois pintado por Sofonisba Anguissola. Fuente: Museo del Prado

Isabel de Valois era firme defensora de la Orden de los Mínimos, fundada por el francés San Francisco de Paula en el siglo XV, cuyo primer convento español fue establecido en Málaga tras la conquista de la ciudad por parte de los Reyes Católicos. La Reina de origen francés intervino para que se fundase en el actual entorno de la Puerta de Sol un nuevo cenobio, constituyéndose en 1561 el Convento de Nuestra Señora de la Victoria. Visitando un día uno de los frailes a la esposa de Felipe II, se interesó por el cuadro que representaba a la Virgen en su Soledad, solicitándoselo para situarlo en el altar mayor de la iglesia conventual. Sin embargo, la Reina le tenía mucho aprecio, por lo que decidieron que encargarían una copia, pero que sería escultórica, de bulto, que permitiera también su salida en procesión.

Grabado del desaparecido Convento de la Victoria. Fuente: Madrid Histórico

La Reina optó por Gaspar Becerra, artista que llevaba al servicio de Felipe II desde 1562 trabajando en la decoración de los Sitios Reales y que había ejecutado de forma magistral el retablo de la Catedral de Astorga. Además, tenía contacto con la Orden de los Mínimos, ya que él mismo había adquirido una capilla funeraria en el recién fundado Convento de la Victoria. Fue entonces cuando el genio nacido en Baeza se puso a trabajar en uno de los encargos que, sin saberlo, establecería una iconografía completamente nueva y eterna en el seno de la tradición cristiana de España, concretamente de la Semana Santa.

Así era La Soledad de Becerra

Becerra realizó un total de tres intentos hasta que consiguió esculpir la talla que satisfizo a Isabel de Valois. Cuenta la leyenda que una voz divina le dijo en un sueño que utilizase un tronco de madera de roble que ardía en la chimenea para ejecutar el encargo solicitado. Así lo hizo y el artista al fin consiguió el aprobado de la Reina. Además, decidió que él mismo llevaría a cabo la policromía de la imagen. Se trataba de una escultura de candelero, arrodillada y con las manos entrecruzadas en el pecho, en actitud orante. Su cabeza ladeada era una de sus principales señas de identidad, destacando también el largo rosario que colgaba de su cuello. Del mismo modo, dejaba a un lado la corona, optando por la aureola.

Virgen de la Soledad del Convento de la Victoria, esculpida por Gaspar Becerra. Fuente: Wikimedia

Diversos autores apuntan a que María de la Cueva, Condesa viuda de Ureña, que como hemos comentado era la camarera mayor de la Reina, fue la que propuso vestir a la Virgen con sus propias ropas de viuda castellana. Esta noble, que había nacido en el castillo de Cuéllar y era hija del II Duque de Alburquerque, había quedado viuda en 1558, y su decisión fue determinante para configurar definitivamente la talla de La Soledad de Becerra. No obstante, cabe destacar que tablas flamencas ya venían representando a la mater dolorosa con ropajes negros de luto desde hace tiempo, aunque este gusto saltó del óleo a la escultura.

Retrato anónimo de María de la Cueva, Condesa viuda de Ureña. Fuente: La Hornacina

En septiembre de 1565, la Virgen de la Soledad fue entregada al Convento de la Victoria de Madrid, en una ceremonia en la que algunas fuentes apuntan que asistió la propia Isabel de Valois, además de Juana de Austria, hermana de Felipe II. Desde entonces, la devoción en torno a ella se fue incrementando. De hecho, se convirtió en una de las protagonistas indiscutibles de la Semana Santa madrileña, cuya procesión de Viernes Santo tenía por destino el antiguo Alcázar. Por todo ello, el 21 de mayo de 1567 se decidió fundar la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y Angustias en el propio Convento de la Victoria, con Isabel de Valois como Hermana Mayor. Comenzaba una devoción imparable que cruzaría fronteras.

Nuestra Madre y Señora de la Soledad, de El Puerto de Santa María. Fuente: lasoledaddelpuerto.com

Muchos se estarán preguntando qué fue de las otras tallas que esculpió Gaspar Becerra antes de dar con la definitiva. Las restantes imágenes que realizó se guardaron en el convento madrileño. No obstante, recientes estudios apuntan que una de ellas no se perdió, habiéndose atribuido a Becerra la autoría de Nuestra Madre y Señora de la Soledad, de El Puerto de Santa María (Cádiz). Debió llegar en torno a 1637, colocándose en el también Convento de la Victoria, regentado por los mínimos. Todavía hoy continúa procesionando cada Semana Santa por las calles de esta localidad.

La Soledad de la Victoria, iconografía universal

La devoción a la Virgen de la Soledad del Convento de la Victoria creció exponencialmente, en gran medida porque comenzó a ganar fama milagrera. Esto también fue uno de los motivos por los cuales se decidió emprender la construcción de una capilla propia en la iglesia conventual para dar culto a la talla. Este espacio fue finalizado e inaugurado en 1611, mientras que cincuenta años más tarde se encargaría el gran retablo barroco en el que se colocó la imagen de la Soledad de Becerra. El ático estaba coronado por una pintura de Francisco Rizi, en la que se representaba a Cristo en el sepulcro, la cual acompañaba a la perfección el tema de la soledad y el dolor de la Virgen María tras la muerte de su hijo.

Estampa del retablo de La Soledad de la Victoria en 1726, de Fray Matías de Irala. Fuente: Biblioteca Nacional

La devoción por La Soledad de la Victoria explica que comenzaran a desarrollarse copias y réplicas de la talla original. Tanto en escultura como en pintura, proliferaron en Madrid representaciones de la obra que había realizado Becerra, algunas de ellas llegando a tener su propio grupo de fieles. Destacan especialmente las numerosas pinturas de la Soledad que se exponían en portales de diversas calles de la ciudad, y, de entre todas, la de la Calle de la Paloma, que llegó a ser conocida como Virgen de la Paloma y que, a día de hoy, es considerada por muchos como la patrona popular de la villa, cuya verbena reúne cada 15 de agosto a cientos de madrileños.

Virgen de la Paloma, representación de La Soledad de la Victoria. Fuente: virgenlapaloma.es

La iconografía de la Virgen de la Soledad de la Victoria superó las fronteras de Madrid. Las réplicas se situaron en los diversos conventos de la Orden de los Mínimos que se fundaron en España, donde siempre había una capilla dedicada a La Soledad. No obstante, no se limitaron solamente a estos cenobios, sino que estuvieron presentes en otras iglesias, ligadas a cofradías que daban testimonio público de la fe por la Madre de Dios en su séptimo dolor, en su soledad. Por ejemplo, en 1585 ya se había fundado en Cuéllar (Segovia), y ligada a la Casa Ducal de Alburquerque, la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad. Cabe recordar que en esta villa había nacido María de la Cueva, Condesa de Ureña que había propuesto vestir a la Soledad de Becerra de viuda veinte años antes. La talla cuellarana sigue a la perfección el prototipo del modelo del Convento de la Victoria.

Virgen de la Soledad de Cuéllar, en su salida procesional del Domingo de Resurrección

Asentada la devoción en España, su iconografía se extendió a otras partes de Sudamérica, donde se conservan diversas pinturas de la propia Virgen de la Soledad de la Victoria que nos permiten conocer cómo era la talla de Gaspar Becerra. No podemos olvidar tampoco la Virgen de la Soledad de Amberes, ubicada en una hornacina en la Calle Pieter Van Hoboken. Se trata de una escultura de madera inspirada en la que la Infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II e Isabel de Valois, se llevó consigo a Países Bajos cuando contrajo matrimonio con Alberto de Austria.

La desaparición de La Soledad de la Victoria

La devoción por Nuestra Señora de la Soledad continuó creciendo y expandiéndose por España, Sudamérica y Europa conforme los siglos avanzaban. Sin embargo, la historia de la talla de Gaspar Becerra del Convento de la Victoria se detuvo en 1809. Con la invasión de los franceses y la decisión de José Bonaparte de suprimir las órdenes religiosas, los Mínimos tuvieron que abandonar su casa de Madrid. Por su parte, la escultura de la Virgen abandonó su histórica capilla y pasó a la Real Colegiata de San Isidro. Desde allí, regresó en 1813 a su ubicación original, aunque no por mucho tiempo.

Talla actual de la Virgen de la Soledad de la Colegiata de San Isidro, en sustitución de la de Becerra. Fuente: Palios – WordPress.com

La Virgen de la Soledad tuvo que regresar en 1837 a la Real Colegiata de San Isidro. El Convento de la Victoria se vio afectado por la desamortización y fue demolido, al igual que el resto de conventos que se encontraban en la Puerta del Sol. La talla de Becerra continuó recibiendo a sus devotos y partiendo en procesión cada Semana Santa desde su nueva capilla hasta el Palacio Real. Sin embargo, con el estallido de la Guerra Civil, la colegiata consagrada al patrón de Madrid fue incendiada y, de entre los desperfectos y las pérdidas que las llamas se cobraron, estuvo la histórica Soledad de la Victoria. Desapareció para siempre la joya de la Semana Santa madrileña, la talla verdadera tantas veces replicada en cuadros y esculturas por todo el orbe de la Cristiandad y que marcó un antes y un después de la imaginería española.

Procesión de Sábado Santo de la Virgen de la Soledad del Convento de las Calatravas de Madrid. Fuente: EFE

Después de haber descubierto la historia sobre la iconografía de Nuestra Señora de la Soledad, posiblemente cada vez que contemplemos una procesión de Semana Santa protagonizada por una Virgen ligada a esta advocación la miremos con distintos ojos. Las tradiciones, al igual que el patrimonio, evolucionan, pero conocer sus orígenes siempre resulta fascinante.

Isabel de Valois, Gaspar Becerra y la Condesa viuda de Ureña establecieron un nuevo prototipo mariano en Madrid, una ciudad que, aunque a día de hoy no destaca por su Semana Santa, aportó una de sus representaciones más extendidas en toda España, Sudamérica y varios puntos de Europa. Historias como la de La Soledad de Becerra nos hacen sentir unos auténticos #turistaenmipaís, recordando nuevamente lo fundamental que es conservar nuestro patrimonio, cuya pérdida implica también la erradicación de nuestra memoria pasada.

J.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ARIAS MARTÍNEZ, M. (2011). La copia más sagrada: la escultura vestidera de la Virgen de la Soledad de Gaspar Becerra y la presencia del artista en el convento de Mínimos de la Victoria de Madrid. Boletín Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción (46), pp. 33-56. Recuperado de: https://www.academia.edu/35811550/_La_copia_más_sagrada_la_escultura_vestidera_de_la_Virgen_de_la_Soledad_de_Gaspar_Becerra_y_la_presencia_del_artista_en_el_convento_de_los_Mínimos_de_la_Victoria_de_Madrid_BRAC_46_2011_pp_33_56

NORBERT UBARRI, M. (2017). «La Cofradía de Pasión de la Virgen de la Soledad de Amberes: la contribución española al proyecto pastoral de una diócesis en Flandes». En Campos y Fernández de Sevilla, F. J., Religiosidad popular: Cofradías de penitencia. San Lorenzo de El Escorial: Real Centro Universitario Escorial-María Cristina. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/6193478.pdf

NOVERO PLAZA, R. (2013). La primera imagen de Nuestra Señora de la Soledad, patrona de Arganda. Revista Peña Taurina El Barranco, pp. 165-168. Recuperado de: http://archivo.ayto-arganda.es/archivo/biblio/PDF/02980001.pdf

PRIETO, J. (2013). El traje de la condesa- viuda de Ureña: realidad y mito en el origen de la imagen de la Soledad de la Victoria. La Hornacina. Recuperado de: https://javierprietoprieto.files.wordpress.com/2013/12/trajecondesaviuda.pdf

ROMERO TORRES, J. L. (2012). La Condesa de Ureña y la iconografía de la Virgen de la Soledad de los Frailes Mínimos (I). Cuadernos de los amigos de los Museos de Osuna (14), pp. 55-62. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4212599.pdf

SÁNCHEZ DE MADARIAGA, E. (2008). «La Virgen de la Soledad. La difusión de un culto en el Madrid barroco». En María Cruz de Carlos, Pierre Civil, Felipe Pereda y Cécile Vincent-Cassy (eds.), La imagen religiosa en la Monarquía hispánica. Usos y espacios, pp. 219-240. Madrid: Casa de Velázquez. Recuperado de: https://www.academia.edu/7808223/La_Virgen_de_la_Soledad_La_difusión_de_un_culto_en_el_Madrid_barroco_en_María_Cruz_de_Carlos_Pierre_Civil_Felipe_Pereda_y_Cécile_Vincent_Cassy_eds_La_imagen_religiosa_en_la_Monarquía_hispánica_Usos_y_espacios_Madrid_Casa_de_Velázquez_2008_pp_219_240